miércoles, 13 de junio de 2018

Viajar hacia dentro


Es necesario que trascendamos el concepto de si las cosas están bien o están mal. Cortar con la emisión de juicios de valor y traspasarlos. Vivir, pensar y sentir la vida desde una perspectiva más sutil y empáticamente permeable. Tener la obsesión en el recuerdo permanente de que lo real ésta más allá de este dancing que conocemos, juego cósmico de candidez energética moviéndose.

El binomio del principio es incompleto (esa cualidad nunca llenará el tarro). Si la armonía individual es la libertad que da el amor propio, la armonía social podría pensarse en la apertura de aceptación a la infinita cantidad de variables que entrecruzan las situaciones. Descartamos de este postulado con innecesaria aclaración, a psicopatologías agresivas y todas las enfermedades mentales derivadas de ahí.

Con punto de partida en la convicción filosófica y espiritual de que todo lo concerniente a lo relativo, es una sucesión de reacciones derivadas de pensamientos, acciones y acarreos de vidas, es que nociones como lo correcto o incorrecto, lo bueno o lo malo, descubren las limitaciones de su rigidez al reconocer su identificación con la finitud siempre transformable. Conceptos constantemente adheridos a la perspectiva, cohesionados con el color de la personalización.

¿Cómo podría establecerse un valor fijo sobre el cambio permanente? Simplemente no se puede. Asegurar lo contrario sería un pase libre a la filiación constante y en consecuencia, a la expectativa seguida de sufrimiento porque, inevitablemente, a la expectativa siempre le seguirá el dolor. Tremenda ingenuidad sería pensar o creer que las personas actuarán como uno mismo lo haría. Los procederes no son encasillables, son meramente una concatenación de historias traducidas en acciones y reacciones subjetivadas en el estado mental al momento de quien las reciba.

Entonces, como alternativa y elevación, introduzcamos la espiritualidad en la vida cotidiana para que, con atracción fatal, se hagan inseparables. De esta fusión no habrá vuelta atrás ni cuesta abajo, solo un dichoso camino que desaparecerá al final del recorrido, reconocimiento que podría ocurrir en este mismo instante.

Pensemos en lo que nos hace bien como sociedad con punto de partida en las propias plantas de los pies. Y no desde una perspectiva egoica, sino desde la sincera convicción de que para “salvar el mundo”, tenemos que salvar primero al corazón y la mente de sus propias mugres.

Busquemos lo justo desde la observación externa y desidentificada que trascienda las formas del amor y el dolor. Desde el punto de fuga que oculto y a la vista, se camufla en ilusión finita y terminable, inconsciencia que suelta al caminante en el bosque y lo deja girando alrededor del mismo pino y en igual dirección.

Este juego, ¿para qué? Para aprender de una vez por todas a ver la esencia impregnada en el contorno, integración de historia y dementes mentes divagantes, que se trenzan en periodos y espacios que desaparecen el presente; instante que queda oculto en la ventisca del movimiento por debajo imperturbable y siempre fijo, siendo eje y silencio de sonido en random, que eterno late, aunque por fuera sean bombas las que suenen en el cielo.




Juliana Biurrun

(10 de marzo de 2018)

Solo el amor salvará al mundo


Basta de tanto odio, tanta muerte, tanto dolor. Abrís las redes sociales y son una batahola de falta de sentido común, de focos puestos fuera de eje, de victimización a las víctimas, de argumentos que apelan a la libertad desde el juicio. ¿Libertad? Libertad relativa, como si acaso fuéramos un poco realmente libres en este plano terrenal. Quizás la idea de pensarlo reconforte por el supuesto, pero la verdadera libertad está allá donde termina la mente, el ego y la maldad del ser humano, la paradójica criatura más aberrante que pisa la tierra en obscena contradicción. Los debates presocráticos sobre la bondad o maldad como naturaleza innata de las personas se disuelven obsoletos en la injusticia cotidiana.

Creo fervientemente en la Ley del Karma, en la reacción efecto boomerang de nuestras acciones y la longitud de onda de nuestros pensamientos, las pequeñeces que ignoramos porque en la vida fácil están fuera del radar de la autoindagación. Creo que toda maldad se paga, si no es en esta vida será en la siguiente, o en alguna próxima, pero de lo que no hay dudas, es que esa flecha lanzada en algún momento impactará.

Hay maldad y amor extremo en el ser humano. Las polaridades son la naturaleza material de este plano relativo. No entendemos las aberraciones y a pesar del tiempo invertido en la búsqueda de la transición de la forma, al momento de estas palabras, la realidad relativa es la que predomina; la esencia no es todavía reconocida en totalidad, pero hacia allá vamos, es el objetivo de la vida. No hay anhelo más fuerte, más profundo ni más alto que este.

Pero en este mientras tanto, en tanto continúe indignándonos hasta los huesos la maldad, perturbando nuestra mente al punto de no dejarnos dormir y angustiándonos en silencio tras la cortina, en este aquí y ahora, esforcémonos por ser más conscientes todo el tiempo. No permanezcamos dormidos, no creamos en todo lo que nos dicen. Cuestionemos el afuera y nuestro adentro, démosle rienda suelta a la contradicción que bulle porque desde el conflicto se desempolva la mesa. Seamos como el aire que invisible todo lo envuelve y seamos capaces de observar y comprender por fuera de las partes. Seamos el visor externo que nos permita descular las micro peculiaridades que hacen a cada situación indefinible en el extremo.

Entendamos que la tibieza no sirve para nada en la vida. Que la maldad debe ser repudiada sin concesiones, y el amor celebrado, por favor, celebremos el amor sin restricciones. El amor a nosotros mismos, el amor a poder decidir, el amor a no juzgar a quien piense o elija diferente. Que la vida entera sea un acto de amor. Comprendamos que respetar la ilusoria libertad de elección es un acto de amor. No seamos necios, no seamos loros. No seamos más ignorantes de lo que ya somos como especie. Si la evolución del alma sucede vida a vida, que el objetivo de nuestra vida sea la construcción más diáfana de nuestro ser; que la luz pase por nuestros poros y que la oscuridad de la ignorancia se deshaga en cada haz.

Un solo fósforo encendido alcanza para correr la sombra de la habitación.


Juliana Biurrun
20 de febrero de 2018

Desnudez


Cuando los tronquitos van por el río, a veces van juntos, a veces separados…

Animarse a sentir amor, no tener vergüenza de decirlo. ¿Cuántas personas pueden acusar pureza estricta en este campo? No me sorprende, son los daños letales y colaterales del conocimiento erróneo (y los llevamos todos). Resultantes del impuesto y persuadido a ser vivido, inyectado silencioso. Desapercibida incitación, distraída observación.

Erróneo como una cadena atada a lo tímido, al corazón contraído de vergüenza. Al complejo de no ser querido, o peor, la vergüenza de que te vean mirar, de que vean tu corazón quizás, que te vean el rojo desnudo.

Tergiversación de la desnudez y acarreo de su vergüenza. Inculcada insanidad.

Si el amor es desnudez, la vergüenza es desamor con uno mismo; restricción que debe su vida al conocimiento erróneo como la vergüenza. ¿Sería pecado entonces? Si, lo sería. Contra toda mala herencia cristiana, el término solo significa errar al blanco y no es sinónimo de tal inexistente infierno.

Camino a la elevada ecuanimidad, entonces, necesitaríamos resignificar la cuestión del decir, el hacer y sentir amor, básicamente de vivirlo. Transformar la idea romántica que la vida impregnó y que por alteración de vericuetos óseo mentales produce resquemores inconscientes, miedos autoinfundados, legado que viene de herencia y sin cuestionamiento primario o primordial.

Movimiento y desarmar, como bailando.

Toda la estructura se derriba paulatina, en sana rebelión, escupiendo los ladrillos huecos al suelo. Poco a poco se depura, transitando, dejando reventar sus granos. Clama entonces propiciar la selección natural del crecimiento zanahoria, el que crece para adentro y hacia el centro; el que hace que al de afuera, al conocimiento celofán, no le quede otra que explotar.

Ser volcán y ceniza, lluvia y evaporación.

Ser la esencia que trasciende la forma.

Y ser sin convenciones ni complejos, sin medios ni miedos, sin ladrillos ni separatividad, sin siquiera subjetividad.

Trascender la constricción de la construcción. Y así lograr que ames a todo y a todos, literalmente. A los animales, las plantas, a las piedras y el río. A quien no soportás, a quien la piel te irrita, a quien prejuzgás porque sí, porque estás acostumbrado, porque te resulta más fácil. A vos mismo cuando te menosprecies por ser un idiota.

Amar a todo porque te reconocés en ese todo y lo reconocés parte de vos. Amarlo sin restricción y honralo sin vergüenza.

Observá tus pensamientos, cuestioná tus acciones; no te quedes en la desarmonía mucho tiempo. No te guardes enojos, ni propios ni ajenos. Preguntate por qué hacés lo que hacés y por qué comés lo que comés en todas las acepciones de la palabra. Por qué pensás como lo hacés. Y por qué te definís estúpidamente con tanta tierra que te opaca el brillo.

Si sos el Todo y sos la dicha. Sos la armonía y eternidad. Sos la verdad y la belleza, el elixir de la existencia. Sos el conocimiento absoluto, el principio sin fin. La sustancia y trascendencia, la esencia de la ciencia.

Sos la imposible definición y el inútil intento.

Silenciate y nacé de nuevo, nacé otra vez en esta vida. Renacé la última, de una vida por todas al fin.

10 de febrero de 2018

Juliana Biurrun

sábado, 27 de enero de 2018

A tu mente

Es que ya ves, esto es una ilusión, un corte arbitrario para ordenar el tiempo. ¿Ordenar el tiempo? ¿Acaso se puede definir el inicio de un círculo? ¿Y su segmento final?

Una confesión: Nunca me llevé bien con el tiempo. Me resultó más fácil alejarme de las intimidades con el alcohol que del uso desordenado del tiempo. Los límites siempre fueron cuestión de rebeldía para la mayoría, y para mí también. Sucede que las imposiciones y el deber ser, producen una contracción tan poderosamente constrictiva en mi mente, que en defensa personal se eyecta hacia el adentro más enmarañado, hacia mi propia deformación. Fin de la confesión.

Superar estas cuestiones es un proceso de rebalse en el que las incongruencias de años  -materializadas en hábitos de años-, se limpian desde adentro, poco a poco y en trabajo de hormiga. Grano de arroz a grano de arroz.  

Y en esto entra el tiempo y su “desordenado uso”. Aunque el considerarlo desordenado no sea más que un intento de respuesta a patrones sociales y de convivencia que insisten en que las cosas deben ser de determinada manera, y no porque las maneras de vivirlo en lo profundo estén mal. Ya sabemos que en el fondo de la olla la sopa siempre está quemada. Entonces, ¿de qué nos ocupamos realmente, si en realidad nada de esto que involucra a nuestra mente y sus disfunciones tiene arreglo? 

La mente medida con la mente siempre estará atada a la mente y por lo tanto a su limitación. Es lo que se dice, “una avería de base”. Será quizás una solución o un intento de arreglo, trascender la olla quemada y aceptarla como tal, también amarla, honrarla, buscar su evolución no desde la perfección, sino desde la purificación. Nadie dijo que por estar quemada la olla también estaría sucia.

Hagamos el camino inverso, dejemos de llenarnos de ideas limitantes disfrazadas de presunta superación y que la cloaca se rebalse, que los conceptos se desarmen y las trampas de la mente se atrapen a ellas mismas, se vayan por el  borde del recipiente. Vaciémosla de expectativas y complejos, de rencores e inseguridades, de enojos, de exceso de pasado y de futuro, de imaginaciones, suposiciones, de prejuicios y de ira, de envidia y comparación. Llenémosla de sacralidad.

Elijamos la sana soledad a la compañía por miedo. Por favor, reconcíliate con vos, amate más, amate mucho, no le entregues tu vida a la inseguridad. Sanate y después vinculate, no lo hagas desde el vacío. Nada bueno puede salir de ahí.

Elijamos compañías sanas, que nos inspiren y estimulen transformación. Alegrémonos en compañía de los sabios y virtuosos, agradezcamos su presencia en nuestras vidas. Cultivemos las buenas costumbres, alimentemos la no violencia, la veracidad, la aceptación y el respeto por todos. No prejuzguemos, no juzguemos, veamos más allá del error y soltemos. Confiemos en la sincronía  y en que todo es perfecto como es. Aunque de momento no se vea, los ojos del cuerpo no alcanzan para mirar por la espalda. 

Revaloricemos el silencio, no digamos nada si lo que tenemos para decir no suma. Trabajemos por ver el brillo que hay en todo, hasta en la sombra más espesa. Ya sabemos que todo es una cuestión de perspectiva y que la percepción del mundo depende del estado de la mente. Entonces, no seamos su alimento débil. Ejercitemos la inteligencia emocional y espiritual, si acaso podría validarse esta última conjunción. 

Que el tiempo nos encuentre más sabios, livianos y agradecidos. Que nuestra mente se purifique y con ella se derrame el amor incondicional que penetra la existencia. Para nosotros, soñadores del espíritu, esa es la única manera de cambiar el mundo.


Juliana Dolores Biurrun

jueves, 16 de noviembre de 2017

Diarios de viaje, India 2017

Capítulo 1: La fuerza del choque cultural

Cada paso en India es un quiebre, una enseñanza. Nada de lo que allá se vive cuaja con en el empaquetado cultural de occidente. Simplemente todo es al revés. Su globalidad tiene una lógica única y especial, pura y tradicional, exótica y también excéntrica. Tierra en la que el ojo ajeno no importa (como no debería importar en ningún lugar), porque en su extrema diferencia, reluce la igualdad suprema contenida en el néctar de la espiritualidad y contradicción con la que allí se manifiesta lo relativo.

Si viajar es transformarse, pisar geografía india es transmutar el espíritu y elevarse, naturalmente elevarse. Es un espejo que muestra tu realidad y tu fortuna, tu pobreza y gratitud. Cuando uno ve su propia miseria, fugacidad y abundancia reflejadas, todas las contradicciones chispean al mismo tiempo y pocas alternativas quedan a los pensamientos, más que cambiar la forma de ver el mundo. Dicho desde otra perspectiva, despejar la mente de lo obtuso que limita su idea de realidad siendo ella, resumida y filosóficamente, solo su reflejo. 

Y aquí la falsa epifanía personal -porque en silencio todos escuchamos nuestras miserias-. India te enseña la prisión del pensamiento, te muestra la ignorancia personal. Enseña discernimiento, conciencia de unicidad. Ella manifiesta y refuerza el saber de la inexistencia de las formas, el poder del amor y la solidaridad, la aceptación y ecuanimidad. La fuerza increíble del ser humano y el poder de la devoción. He visto manifestaciones de devoción jamás vistas en la vida.

En India abunda el caos y no es corriente la previsibilidad o el control sobre las medidas de tiempo en el orden social. Todo puede fallar, todo se puede demorar y lo insólito puede ocurrir. A este desorden impregnado por una cierta anarquía o pseudo “ley de la selva” en la que gana el más fuerte, subyace la armonía impregnada por la tradición milenaria de bondad y conexión con el Todo que rige sus valores.

Esto la convierte en un lugar que inspira la sensación de estar detenido en el tiempo, en el que su cotidiano sucede ahora como fue hace miles de años. Un Cronos de cadencia lentificada, en estado de permanente fotografía. El ritualismo se mantiene de sol a sol, día tras día, tras día. Sin importar cómo se transforme la sociedad por la influencia externa, la tradición perdura como resultado de batallas pacíficas y también violentas, que expulsaron la conquista de su tierra. Sin la acción complementaria de estos extremos, el dharma (orden) de su tradición, posiblemente se habría disuelto.

A pesar de que la miseria y padecimiento es extremo, no se percibe ira o enojo por la realidad que toca. Como si “permanecer y transcurrir” dotara de cierta inacción al rol en el mundo para la perspectiva occidental,  la Ley del Karma pareciera tener absoluta presencia en la conciencia colectiva, alimentada por la extrema adversidad ante la que parecería inútil cualquier lucha.

Pero como el amor vence al odio, en este punto se refuerza la esencia espiritual que humedece todos los sectores, estimula a los que menos tienen y al que más. Al que menos, porque su devoción es fuerza y confianza; y al que más, porque el deseo inacabable no satisface la existencia.

India es entera un templo. Cuando recorrés sus rutas te sorprenden por el cielo esculturas gigantes de las deidades. Cuando caminás sus calles descubrís altares incrustados en la pared, árboles centenarios hechos uno con los muros, sí, hechos uno con los muros, sus raíces incrustadas y crecidas entre piedras. Metro a metro un homenaje, siempre hay energía para adorar. Todos los comerciantes tienen pujas (ofrenda), sin importar el rubro al que se dediquen ni el tamaño de su empresa. Aunque sea abajo del mostrador, la vela y el incienso permanecen encendidos, el Guru personal acompaña y protege la misión.

El ritualismo comercial empieza cuando se prende el primer sahumerio de la jornada y termina con círculos de fueguito protector hechos frente al local al final del día. Esto es literal y de paseo entre horarios de cierre, es habitual cruzar a comerciantes en medio de esta acción. “Si creer es crear, que todos los devas (dioses) protejan el porvenir y traigan la abundancia”.

En su contradictoria profundidad, el amor y la generosidad traspasan todo, hasta desarmarlo en causa eficiente y conciencia de unicidad. En este viaje encontré expresiones de amor y confianza que no abundan en mi tierra. También padecimiento que día a día desde nuestros lugares como mujeres trabajamos por cambiar, específicamente el machismo y la violencia en sus múltiples formas.

Ph. Agustina Sarmiento
Es durísimo ser mujer en India. Por consecuencia de las invasiones islámicas, la historia, o lo que fuere, la sociedad –población masculina-, es extremadamente machista y paradójica. Con fervor adora a la devi, la diosa, y viola a las mujeres, las somete, las quema, las reduce a periferia, las condena y abandona.  Ser madre soltera allí es como el fin de la existencia para el mundo de las posibilidades, es desaparecer como mujer ante el posible cariño de un hombre. Triste y drásticamente, la potencialidad se desvanece en la constricción.

Y ni pensar asumirse homosexual, bisexual o cualquiera sea la forma que más te armonice. A pesar de que la Corte Suprema reconoció en 2014 al tercer sexo, que comprende a personas denominadas hijra (transexuales, intersexuales y mujeres transgénero); allá el definirse gay es “una gran desgracia” en el imaginario popular. Y aquí de nuevo la contradicción. Las hijras son veneradas como dioses y a la vez tremendamente marginadas, todo depende del temple social con el que se crucen. Es común verlas, especialmente en la zona urbana, caminar entre los autos dando bendiciones a cambio de dinero o comida. La prostitución no está exenta, claro que no, y la marginalidad las lleva a ella también. Cuentan que cuando un hombre se les acerca, no saben si es por bendición o por sexo. A veces es por ambas cosas.

Sin embargo, los hombres y mujeres son muy afectuosos entre congéneres. Ellos se abrazan, caminan de la mano, se acarician los hombros. Entre ellas, la hermandad y protección es muy fuerte, se siente real. Tal vez el hilo que una a esta dualidad sea la empatía de género que la atraviesa.

Cabe mencionar que en este abanico, aquello solo se manifiesta en vínculos de amistad porque las parejas no muestran su cariño en público. No es corriente ver a la gente besándose o abrazándose, muy por el contrario, lo común es ver cierta timidez cuando alguna de las partes rodea con los brazos a su par o roza con la boca su mejilla...

Este texto continuará, porque India es como la alegría brasilera, no tiene fin.
Hasta el próximo anecdotario.

Juliana Biurrun 



domingo, 10 de septiembre de 2017

Volver al origen y respirar

Comentario sobre la obra "El Gran Teatro del Mundo"

A veces es necesario volver al origen para tomar un respiro del presente. El origen, allí donde todo ya fue creado, inventado y del que las manifestaciones modernas son fractales, hologramas, réplicas de aquella creación primaria. La raíz desde donde todo crece y se transforma. A fin de cuentas y en honor a la verdad, ya está todo inventado y las manifestaciones modernas son la superposición de formas y búsquedas sobre aquella base antigua.

De este respiro se trata El Gran Teatro del Mundo. Y también del acto lúdico que implica apreciar un show desde su contexto y no como una mera creación insertada en el presente. En otras palabras, interpretarla y vivirla desde la clave en que se presenta. Esto es crucial para valorar la riqueza de una obra.

Este texto de Calderón de la Barca data del año 1630 y en la obra interpretada por Marcela Cánepa y dirigida por Daniel Costanza, se toma un fragmento de su dramaturgia. Unipersonal de actuación orgánica y de cómoda fluidez; impecable -si se permite la inferencia-, en la que se percibió el fuerte estado de presencia en su construcción. Por otro lado, la forma verbal del texto es opuesta al estilo coloquial del teatro actual y por supuesto, de la vida cotidiana; característica extra a la cual atender en su  interpretación y proceso creativo.

El Gran Teatro del Mundo responde a una obra en formato clásico, de teatro tradicional, aquel del que emergieron todas las formas que encontramos como búsquedas de ruptura en el escenario actual. Reconoce también dimensión en teatro de objetos, en el que las maquetas utilizadas son entidades por sí mismas y en sus momentos de interacción mantienen prácticamente la misma jerarquía con la actriz.

La obra se trata de un diálogo entre el teatro y el mundo, en el que el teatro interpela al mundo de los humanos y desde un lugar de castas o sectario, dialógicamente lo analiza. En esto, si se quiere, repica las incongruencias de la época (y de hoy) y el rol de las personas en avivar esta contradicción.

Ubica cada lugar para cada cual y revuelve sobre cómo corrompen los dulces néctares, como si rescatara la perspectiva roussoreana en la que el ser humano sería naturalmente bueno. A su vez, relativiza lo bueno y lo malo y desestima su existencia como tal, bajo la obviedad de que en el teatro antiguo o tradicional todo es un disfraz. Y esto se apoya quizás en que el determinar la bondad o maldad sería como moralizar la naturaleza del acto; juicio que no cabe (como en ningún aspecto de la vida) en un teatro costumbrista, donde la distancia dramatúrgica con el actor y en consecuencia con el público, es evidente, es un juego, una dramatización en la que se celebra absolutamente la ironía del escritor.

Una propuesta de carácter poco frecuente, ya que como se dice previamente, sobre el quiebre se alzan las manifestaciones actuales y, si no van hacia esa ruptura, se desarrollan en clave moderna, más no tradicional. En esta búsqueda, la cultura de la modernidad mira con lejanía las primeras manifestaciones e indaga en la creación de lenguajes nuevos acordes a los tiempos que corren, más veloces e invadidos por el sobre estímulo de los sentidos que lleva abruptamente todo el interior hacia afuera.

En consecuencia, podría ser considerado de gusto acorde a la posmodernidad, aquello que deja al espectador en lugares trans, de tránsito, en anulación o excitación de su mente ante la incertidumbre que posibilita el no encasillamiento disciplinar de la obra, sino que responde a todas juntas y ninguna en estado puro a la vez.

El Gran Teatro del Mundo, una obra de tinte existencialista y filosofal, pero también concreto, donde la realidad se presenta como un juego y a la vez, se separa de ella en una locución de gran observador que, camuflado en su disfraz, la desmenuza.

Ficha técnica:
Actriz: Marcela Cánepa.
Iluminación: Nicolás Maiolo.
Coreografía y codirección: Valeria Fidel.
Dirección General: Daniel Costanza.
Texto: Calderón de la Barca.


Juliana Dolores Biurrun   

jueves, 31 de agosto de 2017

Al desnudo del amor

Comentario sobre la obra de teatro BodyArt

¿Quién no se enamoró alguna vez y se obnubiló en admiración hasta perderse en la inmaterialidad de una contemplación que lo dejó idiota por tiempo indefinido? ¿Quién no fantaseó hasta el cansancio con convertirse en el “objeto de amor” para ese ser perfecto y obsesionó su pensamiento desde abrir los ojos hasta volver a dormir y durante el sueño también? ¿Quién no lo hizo hasta la disolución de su autoestima sobre la posibilidad digna de corresponder en adoración a semejante criatura de los dioses?

En esa instancia aparece el costado oscuro del amor y hace sombra para desvanecer al sujeto y fundirlo en el objeto de deseo, hasta mutarlo al estado de simbiosis y suicidar su belleza de singularidad. BodyArt transita estos espacios mientras se codea con el amor romántico que emerge de las partes en conexión, sin integrar en este caso, el estado de conexión para con ellas mismas.

Lo hace de manera interactiva con los espectadores y desde la búsqueda de una puesta distinta, que empieza cuando el público cruza el ingreso de la sala y se encuentra con un espectáculo de carácter integrador que se viste de obra para relatar una historia de amor.

En la ficción como en la vida, no existen verdades sino puntos de vista, premisa que en BodyArt crece como un homenaje a la sagrada relatividad. Esto se desarrolla en clave dramatúrgica posmoderna, donde la distancia brechtiana entre escritor y actor se quiebra para dar lugar a una narrativa hiperrealista de temperamento intelectual en el colectivo artístico.

En esto cabe la idea de que, “la forma teatral de la dramaturgia posmoderna argentina, expone una escritura que fusiona explícitamente la realidad con la ficción, donde la poesía se desdobla de la metáfora y se redefine existencial. Esa combinación cuestiona en cierto modo la ironía del escritor y el misterio de su inspiración: Si lo escrito es real, autobiográfico o puro cuento” (1).

Aquí, la historia de un amor apasionado y en tránsito, que interpela en lo denso de la mente y critica solapadamente las miserias personales en el mundo del arte, cimentado esto en la minuciosa intelectualidad que pulula la constitución de sus lenguajes.

El debut como director de Diego Saege, lo empodera sobre el uso del espacio y deriva además, en la ruptura a un nuevo nivel: El acercamiento entre las actrices y el público, (ellas Francisca Arriagada y Silvina Forquera). “En esta reformulación el espectador acostumbrado al teatro tradicional podrá redescubrirse en una nueva perspectiva de interpretación e identificación, ya no dada por el absolutismo de la metáfora sino por el acercamiento con la realidad” (2).

Una propuesta fresca y bella en cuanto a lo estético de la construcción colectiva del ambiente artístico plástico –incluido el vestuario-; que indaga empáticamente en las ciclotimias del amor y sus procesos mediados por el ego.

Una historia también de desamor con doble peso en sus heridas: La narcisista y la del corazón; variables que se entrelazan y licúan conforme avanzan, desde que la lente del ego comanda los pasos hasta que sutilmente atenúa sus huellas.

BodyArt es entretenida, llena de color, con música en vivo, rítmica desde su dinámica, divertida y sumamente empática. A decir verdad ¡sería extraño que algún espectador no se sintiera identificado con alguno de los pasajes que en ella suceden!

En esencia, una obra de desnudos y despersonalizaciones, de polarizaciones, rompimientos y vacíos desmembrados en rincones escondidos y manifiestos de la mente: El arte de la locura; el “amor” que enloquece; el hueco tapado que hiere para sentir, el vacío paradójico de la profundidad, la seguridad que abandona, el discípulo que se hace maestro; el maestro que se olvida la luz. Y la rueda que vuelve a empezar, transformada, como el arte mismo del amor.

Ficha técnica:

Actuaciones: Francisca Arriagada, Silvina Forquera y León Tendler.
Dirección: Diego Saege.
Dramaturgia: Sol Rodriguez Seoane.
Vestuario: Julieta Cabanes.
Composición musical: León Tendler.
Artista visual: Ailín Fernández.
Diseño de Iluminación: León Tendler.
Fotografía: Julieta Cabanes y Ailín Fernández.
Realización general: El Sí de los Locos.

1 y 2 - Del texto de este blog, "De formas teatrales emergentes

Juliana Dolores Biurrun