miércoles, 13 de junio de 2018

Viajar hacia dentro


Es necesario que trascendamos el concepto de si las cosas están bien o están mal. Cortar con la emisión de juicios de valor y traspasarlos. Vivir, pensar y sentir la vida desde una perspectiva más sutil y empáticamente permeable. Tener la obsesión en el recuerdo permanente de que lo real ésta más allá de este dancing que conocemos, juego cósmico de candidez energética moviéndose.

El binomio del principio es incompleto (esa cualidad nunca llenará el tarro). Si la armonía individual es la libertad que da el amor propio, la armonía social podría pensarse en la apertura de aceptación a la infinita cantidad de variables que entrecruzan las situaciones. Descartamos de este postulado con innecesaria aclaración, a psicopatologías agresivas y todas las enfermedades mentales derivadas de ahí.

Con punto de partida en la convicción filosófica y espiritual de que todo lo concerniente a lo relativo, es una sucesión de reacciones derivadas de pensamientos, acciones y acarreos de vidas, es que nociones como lo correcto o incorrecto, lo bueno o lo malo, descubren las limitaciones de su rigidez al reconocer su identificación con la finitud siempre transformable. Conceptos constantemente adheridos a la perspectiva, cohesionados con el color de la personalización.

¿Cómo podría establecerse un valor fijo sobre el cambio permanente? Simplemente no se puede. Asegurar lo contrario sería un pase libre a la filiación constante y en consecuencia, a la expectativa seguida de sufrimiento porque, inevitablemente, a la expectativa siempre le seguirá el dolor. Tremenda ingenuidad sería pensar o creer que las personas actuarán como uno mismo lo haría. Los procederes no son encasillables, son meramente una concatenación de historias traducidas en acciones y reacciones subjetivadas en el estado mental al momento de quien las reciba.

Entonces, como alternativa y elevación, introduzcamos la espiritualidad en la vida cotidiana para que, con atracción fatal, se hagan inseparables. De esta fusión no habrá vuelta atrás ni cuesta abajo, solo un dichoso camino que desaparecerá al final del recorrido, reconocimiento que podría ocurrir en este mismo instante.

Pensemos en lo que nos hace bien como sociedad con punto de partida en las propias plantas de los pies. Y no desde una perspectiva egoica, sino desde la sincera convicción de que para “salvar el mundo”, tenemos que salvar primero al corazón y la mente de sus propias mugres.

Busquemos lo justo desde la observación externa y desidentificada que trascienda las formas del amor y el dolor. Desde el punto de fuga que oculto y a la vista, se camufla en ilusión finita y terminable, inconsciencia que suelta al caminante en el bosque y lo deja girando alrededor del mismo pino y en igual dirección.

Este juego, ¿para qué? Para aprender de una vez por todas a ver la esencia impregnada en el contorno, integración de historia y dementes mentes divagantes, que se trenzan en periodos y espacios que desaparecen el presente; instante que queda oculto en la ventisca del movimiento por debajo imperturbable y siempre fijo, siendo eje y silencio de sonido en random, que eterno late, aunque por fuera sean bombas las que suenen en el cielo.




Juliana Biurrun

(10 de marzo de 2018)

Solo el amor salvará al mundo


Basta de tanto odio, tanta muerte, tanto dolor. Abrís las redes sociales y son una batahola de falta de sentido común, de focos puestos fuera de eje, de victimización a las víctimas, de argumentos que apelan a la libertad desde el juicio. ¿Libertad? Libertad relativa, como si acaso fuéramos un poco realmente libres en este plano terrenal. Quizás la idea de pensarlo reconforte por el supuesto, pero la verdadera libertad está allá donde termina la mente, el ego y la maldad del ser humano, la paradójica criatura más aberrante que pisa la tierra en obscena contradicción. Los debates presocráticos sobre la bondad o maldad como naturaleza innata de las personas se disuelven obsoletos en la injusticia cotidiana.

Creo fervientemente en la Ley del Karma, en la reacción efecto boomerang de nuestras acciones y la longitud de onda de nuestros pensamientos, las pequeñeces que ignoramos porque en la vida fácil están fuera del radar de la autoindagación. Creo que toda maldad se paga, si no es en esta vida será en la siguiente, o en alguna próxima, pero de lo que no hay dudas, es que esa flecha lanzada en algún momento impactará.

Hay maldad y amor extremo en el ser humano. Las polaridades son la naturaleza material de este plano relativo. No entendemos las aberraciones y a pesar del tiempo invertido en la búsqueda de la transición de la forma, al momento de estas palabras, la realidad relativa es la que predomina; la esencia no es todavía reconocida en totalidad, pero hacia allá vamos, es el objetivo de la vida. No hay anhelo más fuerte, más profundo ni más alto que este.

Pero en este mientras tanto, en tanto continúe indignándonos hasta los huesos la maldad, perturbando nuestra mente al punto de no dejarnos dormir y angustiándonos en silencio tras la cortina, en este aquí y ahora, esforcémonos por ser más conscientes todo el tiempo. No permanezcamos dormidos, no creamos en todo lo que nos dicen. Cuestionemos el afuera y nuestro adentro, démosle rienda suelta a la contradicción que bulle porque desde el conflicto se desempolva la mesa. Seamos como el aire que invisible todo lo envuelve y seamos capaces de observar y comprender por fuera de las partes. Seamos el visor externo que nos permita descular las micro peculiaridades que hacen a cada situación indefinible en el extremo.

Entendamos que la tibieza no sirve para nada en la vida. Que la maldad debe ser repudiada sin concesiones, y el amor celebrado, por favor, celebremos el amor sin restricciones. El amor a nosotros mismos, el amor a poder decidir, el amor a no juzgar a quien piense o elija diferente. Que la vida entera sea un acto de amor. Comprendamos que respetar la ilusoria libertad de elección es un acto de amor. No seamos necios, no seamos loros. No seamos más ignorantes de lo que ya somos como especie. Si la evolución del alma sucede vida a vida, que el objetivo de nuestra vida sea la construcción más diáfana de nuestro ser; que la luz pase por nuestros poros y que la oscuridad de la ignorancia se deshaga en cada haz.

Un solo fósforo encendido alcanza para correr la sombra de la habitación.


Juliana Biurrun
20 de febrero de 2018

Desnudez


Cuando los tronquitos van por el río, a veces van juntos, a veces separados…

Animarse a sentir amor, no tener vergüenza de decirlo. ¿Cuántas personas pueden acusar pureza estricta en este campo? No me sorprende, son los daños letales y colaterales del conocimiento erróneo (y los llevamos todos). Resultantes del impuesto y persuadido a ser vivido, inyectado silencioso. Desapercibida incitación, distraída observación.

Erróneo como una cadena atada a lo tímido, al corazón contraído de vergüenza. Al complejo de no ser querido, o peor, la vergüenza de que te vean mirar, de que vean tu corazón quizás, que te vean el rojo desnudo.

Tergiversación de la desnudez y acarreo de su vergüenza. Inculcada insanidad.

Si el amor es desnudez, la vergüenza es desamor con uno mismo; restricción que debe su vida al conocimiento erróneo como la vergüenza. ¿Sería pecado entonces? Si, lo sería. Contra toda mala herencia cristiana, el término solo significa errar al blanco y no es sinónimo de tal inexistente infierno.

Camino a la elevada ecuanimidad, entonces, necesitaríamos resignificar la cuestión del decir, el hacer y sentir amor, básicamente de vivirlo. Transformar la idea romántica que la vida impregnó y que por alteración de vericuetos óseo mentales produce resquemores inconscientes, miedos autoinfundados, legado que viene de herencia y sin cuestionamiento primario o primordial.

Movimiento y desarmar, como bailando.

Toda la estructura se derriba paulatina, en sana rebelión, escupiendo los ladrillos huecos al suelo. Poco a poco se depura, transitando, dejando reventar sus granos. Clama entonces propiciar la selección natural del crecimiento zanahoria, el que crece para adentro y hacia el centro; el que hace que al de afuera, al conocimiento celofán, no le quede otra que explotar.

Ser volcán y ceniza, lluvia y evaporación.

Ser la esencia que trasciende la forma.

Y ser sin convenciones ni complejos, sin medios ni miedos, sin ladrillos ni separatividad, sin siquiera subjetividad.

Trascender la constricción de la construcción. Y así lograr que ames a todo y a todos, literalmente. A los animales, las plantas, a las piedras y el río. A quien no soportás, a quien la piel te irrita, a quien prejuzgás porque sí, porque estás acostumbrado, porque te resulta más fácil. A vos mismo cuando te menosprecies por ser un idiota.

Amar a todo porque te reconocés en ese todo y lo reconocés parte de vos. Amarlo sin restricción y honralo sin vergüenza.

Observá tus pensamientos, cuestioná tus acciones; no te quedes en la desarmonía mucho tiempo. No te guardes enojos, ni propios ni ajenos. Preguntate por qué hacés lo que hacés y por qué comés lo que comés en todas las acepciones de la palabra. Por qué pensás como lo hacés. Y por qué te definís estúpidamente con tanta tierra que te opaca el brillo.

Si sos el Todo y sos la dicha. Sos la armonía y eternidad. Sos la verdad y la belleza, el elixir de la existencia. Sos el conocimiento absoluto, el principio sin fin. La sustancia y trascendencia, la esencia de la ciencia.

Sos la imposible definición y el inútil intento.

Silenciate y nacé de nuevo, nacé otra vez en esta vida. Renacé la última, de una vida por todas al fin.

10 de febrero de 2018

Juliana Biurrun