martes, 11 de diciembre de 2012

Te conozco de otra vida

Cuento de feliz cumpleaños
Hacía décadas su estirpe era parte de un conflicto de lanzas, flechas y catapultas para defender y extender los límites de su territorio. Era hija del gran Sapor II y su reina Esther Bendahan, gobernantes del Imperio Sasánida de Persia en el año 363.
Se llamaba Aridaí, que en el occidente significa “bello amanecer” y era la tercera princesa del reino; la del medio entre dos hermanos. Se caracterizaba por su personalidad intensa y desaprensiva. Era indiferente y amorosa por igual. Adoraba el color azul y cuando caminaba al aire libre se mezclaba con el cielo.
Su padre era una potencia enorme. Durante años ocupó el trono y construyó una fortaleza de diversidad. Tan inmensos fueron los territorios conquistados, que sus fronteras se recordaron por la heterogeneidad de costumbres y culturas que hubo en ellas; formas de vidas constantemente diferentes e imposibles de unificar. El imperio sasánido del rey de Persia, fue la esencia de cada pueblo en la pluralidad que erigió su fuerza.
Al otro lado de la frontera Giordano comandaba un grupo de soldados. Era un líder carismático que había desviado sus dotes de simpatía hacia la carne lastimada. Era apasionado y su corazón se excitaba fácil. Vivía con el don del amor en apertura absoluta, ese era su regalo del universo. Se vestía de blanco y era uno de los grandes fieles de Constantino, rey de Roma; su representante jerárquico y la figura en su ausencia.
Romanos y persas eran extremadamente fuertes. Además de sus capacidades para robarse vidas y sacarse tierras, competían a la par en fortaleza de idiosincrasia y temperamento.
Cuando por orden de Roma, Giordano llegó a las puertas de Sapor II, más de 400 hombres secundaban su cabeza. Él lo esperó con el caleidoscopio de su imperio y 600 armaduras tras sus puertas. Y lo más importante, con una hija que no estaba destinada a ningún trono y que era el lago en su propio cielo. 
Arrepentido por las muertes que cargaba en su espalda, como parte de las negociaciones se la ofreció a Giordano. Ella se presentó enfundada en un vestido de gasas azules y su pelo espeso y brillante suelto hasta la cintura. Ese encuentro fue el minuto cero de una historia de duraría vidas enteras. Poco tiempo entre los dos alcanzó para que cada uno se diera cuenta.
La unión se pactó para un futuro cercano, cuando él concluyera las diligencias de su rey. Ella prometió aguardar su regreso y transitar con paciencia el interludio. Faltaba cumplir una última petición de Constantino antes de buscar la paz.  
Giordano tenía que dirigir a sus hombres hasta Cartago, otra de las ciudades rivales del poderío romano. Allí tendría que recoger los dotes para el rey y sumarla a su imperio. Bajo esa misión, partió con la palabra del regreso y el deseo de volver con Aridaí.
El calor y la humedad con los que se encontraron al llegar, expulsó a los hombres al aire libre en busca de templanza para su agobio. El río Indo fue el lugar cercano donde pudieron refrescarse. Y la flora tupida que lo rodeaba era también el hogar de docenas de especies de insectos.
Allí un mosquito mordió a Giordano. Pareció indefenso, solo una gran roncha roja y una picazón intensa en la zona afectada. Esa noche, una serie de alucinaciones empezaron a colarse entre sus sueños. Era la fiebre que le atacaba el cuerpo.
Los días siguientes se sucedieron entre picos de temperatura y escalofríos que no lo dejaron en paz. Giordano enfermó de gravedad; el virus del Tifus se alojó dentro suyo. Le quedó sólo tiempo sin esperanza antes de que su llama termine de apagarse.
Esa noche, Aridaí despertó llorando en la mitad de la luna. Había prometido aguardar con paciencia el regreso, pero la angustia de la espera quebrantó su juramento. Dentro de ella sabía que él no volvería y la ambigüedad entre creer en su palabra y seguir su instinto, hicieron de su propia mente un campo de guerra.
Nunca se encontraron ni contrajeron matrimonio. Tampoco se dijeron las cosas que cada uno sintió. Y no llegaron a hacer el amor más que en su imaginación.

Desde aquel 363, sus almas vagaron por muchos cuerpos y jugaron a enamorarse entre otras tribus. En el medio se cruzaron sin verse y vivieron en lugares cercanos sin hacer próxima la posibilidad de un nuevo encuentro. En sus recuerdos fueron necesarios dos mil años para cicatrizar el dolor de lo inconcluso y la angustia por la espera de no llegar.
Hacia 1980 decidieron nacer en la tierra y en esta vida volver a encontrarse. La memoria de sus almas y el deseo de amarse fue más fuerte que los veinte siglos de distancia. Y los supuestos imposibles se vencieron desde el día en que él la recordó y salió a buscarla.
Giordano y Aridaí eligieron esta época para completar su plan. La evolución de sus almas no podía consumarse sin estar juntos y la sed verdadera que los corrió durante este presente, pudo calmarse sólo con el beso que les devolvió los recuerdos. Cuando sus labios se juntaron la herida sanó y el vínculo renació tan fuerte, que sus almas se hicieron luz derramada. Esa noche, sobre el cielo que los cubrió durante su encuentro, nació la estrella que hoy acompaña a la luna cuando está llena. 
Hasta la brevedad!
Juli Biurrún

2 comentarios:

  1. Que suerte que tienen esos dos! me hace acordar a mi relación, a mi conexión con el mundo utópico, mi hermosa historia de amor que realmente pareciera que es la llegada de una carrera de varias vidas.
    ;)
    looooove u!

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  2. Muy linda historia. De prosa atrapante, con un ritmo e inminencia que no podés dejar de leerla. Me gustó mucho.
    Saludos Juliana
    (PD: Celebro haber encontrado tu blog)

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