Los solitarios

El cielo estaba gris y el aire se sentía húmedo. Los pájaros cantaban tímidos y cuando los escuchaba recordaba aquellas mañanas de invierno en la cama con mamá. Tenía solo algunos años y me ponía triste cuando pensaba que ellos tenían frío porque no estaban con su mami como yo con la mía.

Inmersa en esa imagen subí a la bicicleta y llegué hasta una plaza cerca del río. El aire olía fresco, qué bueno que tenía mis guantes. Qué bueno que mi piel estaba curtida. Me sentía fuerte. Todavía me siento fuerte.

Con los auriculares puestos me apoyé en un árbol y empecé a observar. La calle estaba casi vacía y solo se veían algunos caminantes ansiosos y solitarios, esos que si pasaban mucho tiempo dentro de su casa sentían que se asfixiaban y necesitaban salir a respirar sol, aunque la tarde estuviera nublada.

A pocos metros había una esquina en reparación donde los autos se acumulaban para doblar en u. Y en un momento a esa fauna de vehículos se sumó un motor ruidoso por añadiduras post fábrica. Su conductor se asomaba orgulloso por la ventanilla, ¿acaso no se daba cuenta de que su escape era insoportable? Ocurre que a los solitarios les molesta profundamente esa actitud, seguramente porque en el fondo también lo sean. 

Ellos habitan en la ambigüedad del poder sin nadie y el necesitar de todos. Se convierten a ese estado cuando el cotidiano los empuja para no sufrir de soledad. Como defensa personal se aferran a su individualidad omnisciente para no deteriorarse en la espera de terceros. Y así crecen felices en su mundo, abstraídos de los demás, disociados del entorno, en convivencia con su propia y mejor compañía, la incondicional.

Juliana Biurrún

Comentarios

  1. Epa... Demasiado tiempo sin publicar. Agosto me queda demasiado lejos. ¿se puede extrañar a alguien que uno no conoce?

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