Escribir
Sentir sin límite, sin vergüenza, con felicidad de sentir.
Sentir que escribir es honrar la
vida.
Plasmar lo trascendental de las palabras es continuar más allá de los pies. No importan los gustos, preceptos ni diferencias certeras que distancien del autor; eso se mide en otra balanza.

En noble consecuencia este honrar es compartir lo
que florece. Sea en una foto, una canción, un dibujo o una historia. Porque cuando llega y rebalsa por los canales del mensajero, esa información codificada deja de ser suya y pierde el control de su longitud de onda. Se reformula en una semilla que salta al viento para germinar algún terreno fértil que encuentre.
Las palabras fueron creadas para ser responsables. Sucede que son tan poderosas que pueden cambiar el curso de la historia
personal y compartida, colectiva. Pueden contagiar energía de la buena o destrozar una psiquis para sembrar oscuridad en la vida entera.
La palabra es sonido de la mente. En el modo único de combinarla hace eco la resonante personalidad de quien la escribe; su ego, su humildad. Rebuscado, ácido, intrépido, detallista, soñador,
minimalista, megalómano. Esa esencia inajenable se
escapa entre las letras como lo no verbal se escabulle por las manos.
Las palabras son espirales de desambiguación
porque una vez escritas, sus ideas siguen reformulándose en ese viaje que no tiene medición. Ya plasmadas en cualquier
soporte son un boleto de ida al universo personal y cósmico; con parada obligada
en las cuerdas que afinan la mente con el corazón y estadía prolongada en el núcleo
donde la conciencia se transforma para empezar otra vez el recorrido.
Juli Biurrún
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