Perdidos en Tehuacán, un cachetazo de realidad

Diarios de viajes II 


Pensamos conocer realidades de las que tenemos letra solamente por noticias de ayer; por la tele, por el diario. Conceptos, ni siquiera ideas. Conceptos “panikeados” por lo que dicen esas voces virtuales… 

Viajamos 2100 kilómetros por rutas mexicanas de norte a sur. Nuestras guías eran un GPS de confianza ciega y el mapa de papel que casi nunca falla. El próximo destino era la localidad de Córdoba tras un paso por la bella Puebla; ciudad cultural por excelencia y donde hay muchas actividades gratuitas de música, exposiciones y teatro, entre otras. 

Sabíamos que la ruta entre lugares era complicada y nos recomendaron trazar una V en el camino para evitar un pasaje excesivamente sinuoso. En el trayecto el asfalto se hizo más angosto y por el volumen del tránsito la marca del velocímetro se redujo a 50. Así llegó la noche.


En algún kilómetro desorbitado del recorrido la flecha roja del GPS indicó girar a la izquierda. Desde ese momento, el caudal de vehículos disminuyó drásticamente y las calles se volvieron de piedras, arena, subidas, bajadas, pozos y oscuridad. La guía indicaba incomprensiblemente doblar por correderas que no existían, rodear la misma manzana y repetir esquinas con transeútes de mirada sostenida sin vergüenza de avergonzar. Eran jugadores locales y su intimidación innecesaria parte del juego… Era como estar en un agujero negro perdido en la confusión del mundo satélite.

El lugar era intimidante y pequeño. Allí las familias montaban puestos de venta callejera en las puertas de sus casas y la mujer era la jefa o cara del comercio mientras los niños jugaban cerca. Tal vez eran las mismas madres de quienes amedrentaban con su braveza a los extraños en cuadras cercanas. 

Tras varias vueltas por el paraje el GPS siguió marcando caminos fallidos y, una vez en el corazón del lugar, los intentos de reencontrar la carretera fueron desconsolados. Con el ánimo caldeado recorrimos calles de ripio todavía más pronunciado y cuadras y cuadras sin alumbrado público. La situación se volvió desesperante y despertó el instinto de defensa inminente. 

En ese contexto cruzamos el resabio de una iglesia hundida en la oscuridad e iluminada desde adentro por una pequeña vela, guerrera de las sombras. Más adelante más ripio y más tensión. Estábamos perdidos a miles de kilómetros de casa y en el medio de la nada, sumidos en el cielo negro de una noche sin luna, asfixiados por la incertidumbre de no saber. 

En la búsqueda del retorno consultamos a parejas de novios o alguna señorita valiente que anduviera por ahí. Fue hasta que cruzamos un carro de policía que seguimos durante cien metros con la esperanza de que nos indique el camino. En aquello que parecía tierra de nadie, el móvil subió al carril de una ruta minúscula y frenó para dirigir el tránsito. 

Alrededor de su paradero apareció gente en estado de consternación que caminaba en círculos y se mordía las uñas. Pasos más adelante un cuerpo yacía en el piso con sus brazos estirados hacia arriba y el cachete izquierdo desparramado sobre la calzada. Estaba muerto. 

Por el estado del cadáver tendido y la sensación de miedo entre quienes se movían alrededor, sumado a la actitud de la policía cuando llegó a su encuentro; entendimos que el sujeto había sido asesinado y arrojado ahí. Tenía un pañuelo claro y campera azul. Más adelante, una llamarada de varios metros flameaba viva al costado del camino.

Impresionados seguimos rumbo hasta que empalmamos con la ruta original. Estábamos desconcertados y flotando en una experiencia surrealista. Fue un cachetazo de realidad que nos corrió del estado de "panikeo" virtual para conectarnos con la mano dura de una tierra rezagada. 

El gran regalo de la historia fue la certeza de conocer y palpitar de cerca la realidad del corazón mexicano; allí donde la justicia en la periferia no tiene nombre ni perdona, pero tampoco se hace esperar ni se inhibe con la voz de la conciencia. 

Hoy más que nunca amo mi hogar y mi país. No hay lugar en el mundo como casa. 

Juliana Biurrún

-> “No Panikear” fue un término usado por Luis Alberto Spinetta en su carta a los medios cuando se conoció sobre su cáncer de pulmón.

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