Ella es Abuki ♥
Las fotos de los años ‘50
muestran un rostro de labios carnosos y ojos rasgados. La mirada bellísima de
una jovencita que escribiría una historia especial. Ella nació en la capital de
Buenos Aires y hacia su adolescencia la familia se mudó a Bahía Blanca. Su
tesis de piano data de 1959 y la letra caligráfica de su escritura revela la
impronta de su educación formal.
Fue parienta directa del general
Juan José Valle, uno de los últimos fusilados en Argentina el 12 de junio de
1956, tras encabezar la rebelión cívico militar contra el ex presidente de facto,
Pedro Aramburu. Estuvo a punto de recibirse de abogada, pero las concesiones
obligadas de la profesión le gritaron cambiar el rumbo. Así eligió el camino de
la docencia, que por aquellos tiempos era común pero para ella significaba vocación.
Hacia su adultez le gustaba
hacer cara de mono y simular ojos de historias truculentas para entretener a la
parte joven de la familia. Se reía cuando perdía los dientes y se irritaba
demasiado cuando de verdad no los podía encontrar. El comentario recurrente
cuando se la mencionaba entre los pares, era la intensidad con que hacía
carcajear a las compañeras de trabajo y sus amigos. Siempre ávida y espontánea,
ocurrente y absolutamente empática.
Adoraba escribir, era una
gran literata que siempre llegaba al hogar con algún reconocimiento. Adicta a la lectura, era feliz con unos ricos mates y un cuerpo
ancho de palabras. Todo bajo el árbol violeta y la perra al lado. También era
amante de la música y el piano. Los fines de semana en su casa de Amulén se
amanecía con Bach, Chopin o la majestuosidad de Freddie.
La autosuficiencia fue un
pilar de su persona ¿Cómo una fémina no podía abastecerse por sus medios o ser
la par de su hombre? La equidad de género fue una de sus máximas. “Amar a tu
masculino y acompañarlo incondicionalmente, complacerlo con el deseo y el corazón,
siempre que sea mutuo”, solía decir.
Frecuentemente se preguntaba
por el legado y lo que sucedería después. Estaba segura de
que la huella en la
tierra se marcaría a través de los nietos, en la descendencia de su
descendencia, su sangre magnificada en esencia.
Era protectora y servicial. Siempre
me cuidaba con bolsas de agua caliente cuando mis pies tenían frío; me
masajeaba las piernas cuando despertaba acongojada de dolor a las 4 AM; o me tranquilizaba
en las madrugadas de invierno cuando me ponía triste porque pensaba que los
parajitos tenían frío.
Fue una compinche expedita
cuando de “chicos” se tratara. Lo que más quería era ver a sus críos felices,
protegidos y contenidos. Ella sentía seguridad al creer que su estirpe estaría
resguardada del dolor y la soledad a los que quizás les temía tanto. Era amiga
y consejera, experta en casos de contención y llantos nocturnos.
Entre ironías y paradojas,
acogió a todo “desamparado” que se cruzara por su camino y gracias a esa
fortaleza/debilidad, pasé la infancia rodeada de mascotas. Ocurre que siempre
tuvo afinidad con las almas en pena y los corazones tristes. Era parte
indisociable de su ser y con naturalidad generaba tanta empatía con los sujetos
afectados, que hacía carne suya del sentimiento ajeno. Esto rememora la anécdota
de un Día del Amigo de los ’90 en el barrio, cuando la mayoría del grupo decidió
no incluir a una de las nenas en el almuerzo de hamburguesas a la parrilla que
nos haría papá. Cuando ella se enteró que había quedado fuera, automáticamente
buscó entre sus cosas un regalito para hacerle y la invitó. “Cómo la van a
dejar de lado…” nos dijo. Quizás pecó de entrometida, pero su mensaje de amor
fue más fuerte que la trasgresión.
Su personalidad se tradujo
en enseñanzas de palabras explícitas y mudas. “La fidelidad es una elección”,
decía siempre. Me llevó años comprender a lo que se refería. Sucede que lo que
somos nos trasciende y lo que no formalizó en dichos, lo manifestó en los actos
de su guía invisible para nuestra vida.
No existe momento que
parezca apropiado para salir del horno y aprender a respirar sin oxígeno.
Constantemente parece demasiado temprano para hacerlo. En este sentido, una
mujer con gran sabiduría dijo que el último regalo de los padres, es la madurez
que nos explota cuando los despedimos. Y que en esta presencia impalpable de su
ser, florece la satisfacción de su cosecha por los años de bondad derramada.
La inmortalidad de un alma
en la tierra nace de la esencia que vive en los recuerdos. Continuar su
enseñanza y aprender de sus errores, es honrar la historia que fue, para que
nosotros “sigamos siendo”.
Gracias.
Hasta siempre.
Hasta siempre.
Te amo.
Juli.
piel de gallina, te admiro y te quiero, celebro que estes llena de amor en tu corazon, estoy orgullosa de tu
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