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El ritual del vino

Siempre hay una buena excusa para descorchar un vino. Una cena con amigas, una cita romántica, un domingo de asado, ¿un almuerzo de trabajo? También, por qué no.

El interés por él evoluciona conforme la edad, madurez y exigencias culturales del consumidor. En cuanto el sujeto se vuelve más pretencioso y explorativo de la calidad sobre la cantidad, se produce el clic del que dicen no se vuelve.

Desde ese momento, el buscador hace el intento de sentir el aroma del que los simpatizantes hablan, observar su brillo y color; desmenuzarlo entre la lengua y el paladar para descifrar los resabios que esconde.

Al principio le cuesta, no es de los amores a primera vista. ¿Dónde están los frutos rojos, la pimienta y el roble? Va por el segundo intento, lo deja reposar un poco más entre las papilas y forma una f con sus músculos faciales para que no quede hueco sin degustar. Con ese ejercicio los sabores de a poco aparecen y algún recuerdo de la memoria gustativa se activa para trasladarlo a una imagen con forma de ciruela. 

Dicen que está de moda el tomar vino. Que desde que algunos escritores, sommeliers y adeptos a su mundo desembarcaron en los medios de comunicación, el tinto se hizo popular. “Si se pusiera de moda pegarse un tiro, nos desharíamos de varios pelmazos”, comentan. Pero no habría que preocuparse por eso compañeros, ya sabemos que las lenguas se hicieron también para hablar.  

Por eso vamos a lo importante: ¿por qué nos gusta tanto esta fermentación alcohólica de la vid? Fundamentalmente porque descorchar un vino es un ritual. No es sólo la bebida con toda la historia y geografía que la componen. Es teñir de rubíes y dorados un encuentro; agasajar y darle un tinte por lo menos especial a un momento.

Su proceso de selección consta de varias etapas: Se aprecia el arte de su etiqueta, la poesía de su leyenda. Se elige un varietal y se imagina cómo combinará con la comida. También se busca lo más acorde en relación precio y calidad. Y llegada la ocasión, servirlo en copa, dejarlo airear, saborearlo no a lo bonzo, relajarse y engendrar una conversación  que dure lo que una botella, o lo que dos, es toda una liturgia. Porque sin dudas, todo es más rico cuando sabe a ritual. 
      
¡Hasta la próxima!
Juliana Biurrún

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