jueves, 20 de septiembre de 2018

La casa del guru, el lugar más sagrado de la tierra

Un mes en Kailash Ashram, la morada de Swami Satyananda Saraswati
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  • Empezar por el principio
Un ashram es un lugar de práctica espiritual intensa. Un espacio destinado al retiro de las obligaciones del mundo para sumergirse en una experiencia introspectiva y de transformación muy fuerte. Ambas cuestiones pueden convivir y el esfuerzo para sostenerlo es grande, pero la bendición recibida es indescriptiblemente mayor. 

Ashram es fundamentalmente la morada del guru, en la que el mismo puede habitar físicamente o no, pero en la que todos los recovecos del espacio están impregnados por su energía divina.

Kailash Ashram (Barcelona, España) es la residencia de Swami Satyananda Saraswati,
monje hindú de origen catalán y discípulo directo de Swami Muktananda Paramahansa, quien fue a su vez discípulo del gran santo indio, Bhagavan Nityananda de Ganeshpuri. El linaje del Siddha Yoga los fusiona en la enseñanza de los antiguos rishis (sabios) que, desde una perspectiva de no dualidad respecto a lo trascendente, transmitieron desde el principio de los tiempos que la esencia de absolutamente todo lo animado e inanimado es eterna existencia, conciencia y dicha absoluta, sat chit ananda. Es decir, que el mismo sustrato o alma inmortal, atman, que vive en cada uno, es idéntico al alma universal que atraviesa el cosmos y que existe más allá e independientemente de él: el supremo e indefinible brahman. Atman es igual a brahman y los iluminados de todos los tiempos nos dicen: “Tat Tvam Asi”, “Tú eres Eso”.

Esta es la perspectiva filosófica de la enseñanza que imparte Swami Satyananda en su morada de Shiva (Kailash), en diversos lugares de España y también en México y Argentina. Con el tiempo y afortunadamente, su sabiduría se expande y cada vez más buscadores y buscadoras encuentran disipar la oscuridad a través de su mensaje.

Él es sin dudas un verdadero maestro, de aquellos que hablan las escrituras y que parecerían imposibles de encontrar. Doy fe de esto con profundos amor y entrega, tras observarlo y recibir de su sapiencia y bendición durante sus visitas a Neuquén y Buenos Aires Argentina, y tras compartir casi un mes de ashramita en su morada junto a la sangha (grupo) que lo acompaña.

Esta estancia fue sin dudas una de las experiencias más importantes, hermosas y transformadoras de mi vida. Quien escribe esto hoy, no es la misma persona desde que entendió una de las lecciones de humildad más importantes que nos enseña el Principio Cósmico del Guru: que solos y solas no podemos y necesitamos entregar el ego a sus pies para disolver la limitación. Sucede que si la mente rige todo nuestro proceder, en la búsqueda difícilmente alcanzaremos el éxito con ella como jueza, ya que siempre será su propia y permanente limitación. Y la gracia verdadera, la que únicamente el guru puede otorgar, vive más allá de todo concepto y pensamiento. Sólo se necesita correr la opacidad para descubrirla y guru precisamente significa etimológicamente: “El que disipa la oscuridad”.

Ante la duda de algún lector por preconceptos que le hagan sentir que sólo su esfuerzo e intelecto son los hacedores de las cosas (esto es relativamente real) y no meros instrumentos en las manos de algo superior, vale mencionar que este Principio Cósmico se presenta de manera heterogénea a lo largo del tiempo. Su forma no se limita a una persona, sino que se manifiesta en diferentes rostros y elementos, al punto de que la propia naturaleza e incluso los animales, pueden oficiar en algún momento como tal. A su vez, durante la vida pueden presentarse maestros que dejen su enseñanza hasta que la misma satisfaga la incertidumbre del nivel de conciencia con que se encuentren, para luego dar lugar a la llegada de otro u otra maestra y así sucesivamente, hasta encontrar al Satguru, al Guru Verdadero, que acompañará hasta el final del recorrido.

Se trata de la misma energía manifestándose a través de diferentes mensajeros. La Conciencia Una enviando señales de todo tipo a lo largo de la vida, esperando a ser captadas, reconocidas e interceptadas, para introyectarnos a la espiritualidad y acercarnos de una vez por todas a la parte última del camino, al reconocimiento de la inherente, ya alcanzada y olvidada infinitud.

  • Una foto
Toda la superficie de Kailash Ashram está impregnada por la energía de Swami Satyananda Saraswati y el linaje. Sus muros son testimonio de la entrega y devoción a la enseñanza y los maestros, esencialmente a Swami Muktananda, el Satguru de nuestro amado Swamiji. Grandes fotos de él hay en la mayoría de los sectores, así como también de Nityananda, el maestro de su maestro, el avadhuta (ser liberado-más allá de las convenciones sociales) que le dio todo. 

El amor a lo sagrado, a la tradición y al sustrato que vibra más allá del cosmos emerge por los rincones de esta gran casa en la que los detalles hablan. Todo allí está testeado por Gurudev (Swamiji) y materializado en conjunto con una bella sangha (grupo) que le dedica su vida y ofrenda su servicio al funcionamiento armónico de lo que implica el día a día del ashram. Y también de Advaitavidya, la organización que lo acuna y que preside Satyananda, a través de la cual su enseñanza es presentada y transmitida al mundo. 

Kailash es un útero de amor, una cavidad de calidez y nutrición. Un camino de alumbrados cobrizos con dirección al otro lado del velo. En su aire danzan velas, inciensos y rocíos de lámparas de sal; aromas de flores, frescura de sol y clorofila. Fotosíntesis de vida y transformación. Alquimia de alma y renacer.

Una vivienda impoluta rodeada de bosques, pájaros e inserta en un pueblo o pequeña ciudad y en la que a cada hora tocan las campanas en su centro, mientras dentro suyo suena el mantra del linaje, Om Namah Shivaya, ininterrumpidamente desde su inauguración en 2016. 

Kailash es itinerantemente cosmopolita y transitan por él devotos y devotas de Italia, Hungría, Uruguay, Rusia, Suecia, México, Francia, diferentes latitudes de España y la promesa de llegada de varios argentinos. El día empieza muy temprano y el orden de las cosas rige el tiempo. “El orden de las cosas rige el tiempo”, parecería redundante pero, ¿cuánto en el día a día se ordena o sucede porque tenemos real presencia en ello o porque la anarquía de la inercia lo propone así?

En esta estructura, todo lo que allí sucede tiene la noble misión de calmar la mente para estimular la introspección y autoindagación, a fin de propiciar la materialización del objetivo final de la vida para los hinduistas: el reconocimiento de la propia esencia trascendental.

Un ashram es un lugar de entrenamiento de la autoobservación y de la conexión con la divinidad inherente, en la que el proceso de purga al que lleva el silencio, la forma y austeridad en su estilo de vida, revela el diamante en bruto que desde siempre vive en el corazón. En esta limpieza, estimula el soltar la limitación para rendirse al brillo de exfoliar la mente y descarozar el corazón. Pero también recuerda que en consecuencia, cada vez se irá más felizmente a contracorriente de un mundo ruidoso y con los sentidos groseramente extrovertidos.

Por esto:
Ashram es purificación, espejo y austeridad,
dicha, paciencia y virtud.
Ashram es amar, fuego y bendición,
entrega, nutrición y conocimiento.
Ashram es ruptura, vientre y compasión,
regeneración, ceniza y trasmutación.
Ashram es humildad, silencio y hogar, 
sacralidad, medicina y corrección. 
Ashram es disciplina, introspección y renacer.
Ashram es guru, mundo y alquimia.

  • Casa de espejos
Vivir en la casa del guru es practicar la conciencia constante sobre la transitoriedad y cenizas del mundo. Es a su vez una burbuja de paz y dicha; un vientre que te nutre, te cuida, te cura, te abraza, te ama, te enseña a amar y te hace renacer en la pura gracia. 

Pero nadie mencionó que estar allí sea un cotidiano sencillo durante la totalidad del tiempo, por lo menos para los y las mortales que estamos en proceso de. En sus domingos a domingos de rutina, momentos de felicidad extrema y tristeza profunda simpatizan sin censura. Los estados de la mente se disfrazan de emociones antagónicas y, enfiestados entre pensamientos camuflados de sentir, agitan sus aires sin centro y sin control. Descolocados de observación, olvidados de realidad, caen en el vicio no superado de la identificación y de allí, rebotan contra el espejo propio y el de los demás, la dura pared del intelecto entumecido. Ahí están los terceros frente a tu proceso de desarme, mostrándote que tu irritabilidad no es más que la basura que te falta limpiar.

A esto se suma el silencio del ambiente, donde suena potenciado el ruido interno del cráneo y frente al que emergen las miserias y contradicciones más escondidas. En el caso de quien escribe, durante su estancia ashramita le tocaron pesadillas en el 60 por ciento aproximadamente de los espacios de descanso. Menuda purga mental que continuó actuando en sueños (porque la vigilia no le alcanzaba), limpiando su interior y aplicando medicina en su inconsciente. Gracias amada shakti Kundalini (energía) por tan dedicado trabajo.

Estos vaivenes son momentos de opacidad propios del movimiento de la energía en su trabajo de purificación. Cuando las aguas en plena agitación sacan a flote lo estancado en el fondo, todo se ensucia y se vuelve borroso. El vendaval revienta en la cabeza y moja hasta la planta de los pies aunque estén en el suelo. El líquido rancio y ácido tiene el color de la mente oscurecida, de los pensamientos extraños que acompañan cuando en el presente se pierde la conciencia de observación. El temporal explota hasta que, de tanto soplar, el aire por fin se vuelve claro. La crisis trasmuta purificación y los espejos ya no reflejan sombra, ahora reflejan sol. De pronto todo se vuelve hermoso y la dicha brota del corazón, al punto de sentir que se puede morir feliz en un suspiro.

El instante se resignifica y cabe en él la infinitud. El tiempo pierde sentido y las limitaciones también. Los deseos se hacen polvo y nada queda fuera que pueda acercarse a la magnificencia de la implosión que devino de la tormenta. Todo conflicto pierde o suaviza su gravedad desde el cambio de perspectiva y desidentificación. Se empodera el juego de la realidad recordando en lo práctico al observador no afectado y siendo el mejor actor en el rol que toque jugar, ejerciendo con búsqueda de excelencia lo que el karma y el dharma propongan hacer.

  • De orden y austeridad
En la vida de ashram los proyectos personales mutan y, si bien pueden convivir con su día a día, el grueso de su contenido se convierte en el propósito colectivo que implica vivir en la enseñanza y servir para que se expanda. La dirección del camino cambia desde la extroversión hacia la introversión a fin de revelar la verdad preexistente en todo.

En esto una pauta estricta de horarios dirige las actividades. Las horas comienzan con el canto de la Guru Gita y meditación a las 7 en punto, para dar paso al desayuno y unos minutos libres. A las 10 empieza la seva (servicio) que se extiende hasta las 12.30. A partir de ahí, una hora libre para practicar hatha yoga, meditar, pasear, leer textos sagrados o repetir el mantra. A las 13.30 es el almuerzo seguido de un descanso hasta las 16.30, momento en que se comparte un té de chai para reiniciar la seva a las 17. La misma dura hasta las 18.30 y a las 19.30 llega el turno de la cena. A las 21, 6 de 7 días, hay swadaya (estudio), enseñanza o lectura, hasta las 22 o 22.15. A las 23 se apagan las luces. Ha finalizado el día.

La estancia allí drena el desorden personal y en este fluir, cuanta más luz brilla, más oscuridad aflora. En esta dicotomía reflota la enseñanza del guru sobre estar sólo ilusoriamente conectados con la limitación, condición que crecerá en tanto y en cuanto meditemos en ella. Por el contrario, mientras más nos mantengamos conectados con el atman, el alma que en esencia somos, el discernimiento, viveka, se nutrirá y con él, la limitación se disolverá progresivamente.

  • No pierdas ni un instante
El tiempo en el ashram resurge paradójico. Las horas se extienden en optimización pero todo se reduce al instante. La vida allí se convierte en un glóbulo atemporal que se escapa de la causalidad convencional atada a la dimensión de cronos en el mundo del afuera. Su energía es tan elevada que por momentos trasciende la mente y con ese cruce trasciende al tiempo. Al observarlo, su percepción se deforma, se transforma. Y, si bien la rutina promueve la estructura, la presencia del instante desmantela en sutileza los intentos de medición. 

Esta disposición material permite un aprovechamiento pleno del día a la vez que entrena y ajusta la mente. Es decir, que no le permite dispersarse con total libertad y es un marcador constante de posición frente al no darle rienda suelta a la pereza y a la tiranía de la procrastinación. En el ashram esas pseudolibertades desaparecen y lo hacen por un bien amorosamente mayor; por un lado, la transformación de la austeridad y restricción en fuerza de voluntad; y por otro, la intensidad de disciplina convertida en bondadoso fuego de purificación. 

Si se está receptivo, todo momento compartido con el guru o en su morada es fuente de enseñanza y aprendizaje. Por este motivo es que algunos pasajes se vuelven tan duros y contradictoriamente dichosos, cuando una efímera y en apariencia superficial pregunta o comentario de su parte, tiene el poder de causar un gran impacto de reflexión. ¿Por qué? porque puede reflejar la presencia o falta de, la conexión con el todo, la observación antes de responder, la intuición, la capacidad de controlar el habla para expresarse con veracidad, el estado de la mente, la pereza para percibir, la voluntad de encontrar la mejor respuesta, la mediocridad de la inercia.  

Esto sucede porque el guru es un espejo que refleja nuestra divinidad pero a la vez revela con aumento las limitaciones que nos acompañan. En estos momentos puede volverse dura la cercanía, porque quema, pero su infinita compasión siempre nos abraza y nos recuerda que esos extraños sentires, no son más que el ego desmoronándose, poco a poco y con tibieza pero con constancia. 

A medida que esta purificación fructifica, las sutilezas del entorno cobran significados nuevos y los gestos de apariencia intrascendente renacen cargados de mensajes. En esta instancia la estadía en el ashram empieza a rendir fruto y comienzan a germinar las semillas de transformación que se sembraron en la crisis iniciática. 

Este proceso es muy intenso y demanda un caudaloso gasto energético. Aquí entra en juego la importancia fundamental de la alimentación saludable y completa en su contenido nutricional, así como también, su orden y regularidad. “Consume tu alimento como si fuese medicina”, decía Baba Muktananda. La ingesta se sacraliza y el placer del sabor trasmuta a la adoración y agradecimiento al camino que le dio origen.

Es conmovedora la inmensidad de lo que el guru da y es merecimiento su recibimiento. Un vínculo de reciprocidad en el que la enseñanza se nutre del anhelo de transformación y viceversa. Este crecimiento surge de la fricción entre lo apropiado y lo que satisface a la gula egoica, en un proceso activo de ajuste y determinación en el que prima de parte del sadhaka (aspirante cualificado), la decisión de entregarse a la enseñanza y a la acción correcta en beneficio de su sadhana (práctica espiritual). En este proceso se redescubre como instrumento en el que el guru como jñani (conocedor) y Principio Cósmico, actúa para conducirlo al mejor estado. Así, su versión progresa diáfana, hasta animarse a desaparecer. Desde allí renacer como ceniza y, habiendo crecido mil vidas en un rato, iniciar el camino final de retorno a casa.

Por eso estar físicamente cerca del guru si se presentara karmicamente posible, es algo de lo más substancial que se puede hacer en esta vida. No hay lugar más importante para estar, viaje más increíble para hacer ni sitio más sagrado que visitar. Al sumergirse en su energía se emerge en el reconocimiento de que nada resulta tan interesante ni atractivo porque lo más importante, lo que se vagó vidas buscando, ya se descubrió donde está. Vale recordar que la cualidad de la cercanía responde fundamentalmente a la manera en que la misma se viva, porque se puede estar muy próximo en espacio pero muy lejos en corazón y viceversa. 

En esta instancia en la que los deseos se deshacen, puedo comentar que el viaje inicial a la casa del guru incluía una visita a Ámsterdam y otros  puntos, antes de volver a Argentina. De hecho, el vuelo de retorno salía desde allí. Pues claro, ¿cómo no pasearía en bicicleta por las calles de esta ciudad tan guapa durante mi primer viaje a Europa? Sucede que antes de llegar al ashram resolví que no haría ese tramo y que me quedaría la totalidad del tiempo ahí. Ni bien me sumergí en él, reafirmé la decisión de que no me movería a ningún lugar. Nada me resultaba más primordialmente encantador que estar en Kailash. ¿Qué era Ámsterdam a fin de cuentas? Un hermoso e interesantísimo destino, pero nada comparado con la casa del guru. Frente a esta dualidad, el hambre de viajar se había hecho ceniza.

  • Micro-forma y macro-contenido. Anécdotas de enseñanza sutil en el cotidiano distraído
La epifanía no siempre se viste de complejidad, a veces llega enfundada en el atuendo más sencillo. Y cuando la sutileza camina por una superficie permeable, se absorbe en aguda resignificación. 

~ Almuerzo indio ~
El compartir de las comidas en el ashram suele ser silencioso, para honrar el acto de alimentarse con todo lo que ello implica y mantener plena presencia en él. Por otro lado, puede estar habilitado el diálogo en su justa medida y sin exacerbación en el habla, es decir, suave, moderado y justificado en lo adecuado para comentar. Pero ya sabemos cómo a veces las mentes (occidentales) se desesperan ante la lengua muda y buscan cualquier artimaña para salirse de ahí.

Transcurría el mediodía y durante el almuerzo entre ashramitas y Swamiji, surgió una pequeña conversación sobre la India. Para contextualizar, hacia finales del año pasado viajé al país sagrado con sangha (grupo) neuquina y Satyananda, quien vivió más de la mitad de su vida allí, nos contactó con alguien que nos conectaría con un Swami de la orden ortodoxa de Shankaracharya para visitar un templo de complejo acceso para occidentales. Al llegar, el monje que sería la llave no estaba en el lugar. Por supuesto le comuniqué esta situación a Guruji en correspondencia tras el viaje.

Durante el mencionado almuerzo, reiteré que no habíamos logrado dar con el maestro que nos ingresaría al templo y él respondió con total naturalidad, “sí, ya me lo has contado, y Álvaro (contacto de Swami) también”. El impacto que estas dulces palabras produjeron en mí, generó un movimiento revolucionario que eclosionó entre las susceptibles fibras egoicas de mi frágil sentimentalismo en deconstrucción. Sí, así de dramático fue.

Esta secuencia me evidenció hablando innecesariamente sobre algo que ya sabía que había contado y aún así, estaba repitiendo. Observarme hacerlo en la mesa del guru y por la burda “necesidad de decir algo”, me hizo repensar en el vínculo con la palabra y redescubrirme en la cantidad grotesca de veces que rumiamos por la tontera de romper el silencio sin tomar real valor de su virtud. 

Quedé tan revolucionada ese día, el comentario había causado tal impacto de observación en mi, que ocasionó una pequeña muerte (o maduración) respecto a la forma de ligazón para con la palabra hablada. Sé que tal vez parezca exagerada la reacción y que en jerga cotidiana quizás, “no haya sido para tanto”. Sucede que indudablemente la fuerza de la energía del guru se revela en el nivel de receptividad que pulse en la persona sobre quien impacte (porque el movimiento bien podría haber pasado desapercibido). No importa lo simple que parezca, sino lo que haga sentir y la epifanía que revele. Ese es el espejo del guru.

~ Una tarde de lluvia ~
Quien escribe estaba en el ingreso externo del ashram haciendo seva en la PC. La tarde estaba nublada y las nubes flotaban bajas y esponjosas como algodón de azúcar color gris. De pronto Swamiji cruzó la puerta y casi sin voz me preguntó, “¿va a llover?”. “¡Quién sabe, Swamiji!”, le respondí. Que mezquina devolución. Swamiji se calzó y se fue del ashram. Al instante de subirse al auto que lo esperaba, un llanto casi torrencial empezó a caer del cielo. Cuando menciono “al instante”, lo hago en sentido literal. La puerta se cerró y el suelo se empapó.

Quedé algo anonadada ante la inmediatez del suceso meteorológico. Observando el 
entorno y a la propia percepción, era evidente que llovería. Todos los signos lo indicaban así. Entonces, ¿por qué había respondido tan flaco a la obvia situación? ¿Qué acababa de aprender en ese instante de distracción? Que nada de lo que el guru dice es fugazmente casual, que todo está cargado de enseñanza y aprendizaje si se está atento y receptivo. Era indudable que llovería pero, quien escribe, sumergida en la pantalla, no percibió lo que el contexto le gritaba, no atendió a su intuición ni se paró en el presente para intentar realmente observar lo que claramente se estaba manifestando.

Con esto el guru me enseñó a enfocar la presencia en el instante, a trabajar por no dar cauce a la flojera en las respuestas; a atender a la intuición que habla desde el otro costado del cerebro, a esforzarme por dar la contestación más acercada en el momento oportuno, y a no quedarme en la mediocridad de la devolución que suena solo para distraer al silencio. Gracias.

  • La guruseva, un termómetro para medir la entrega
Seva es servicio. Podría entenderse también como karma yoga, el yoga de la acción desinteresada, es decir, desapegada del fruto de los resultados. Guruseva es el servicio al guru.

Mucho se habla de las propiedades y beneficios de la seva, como si fuera el alimento natural por excelencia para quien buscara purificar su composición material y espiritual. Sucede que cuando se la hace con la actitud adecuada e impregnada de alegría, sea que estés lavando los baños o sirviendo directamente al guru, su práctica se convierte en fuente de agraciada satisfacción. 

La seva no se trata de hacer lo que te gusta o lo que te resulte más fácil -aunque pueda resultar coincidir, por supuesto-; sino que se basa en hacer lo que te toque aunque te disguste. En esta entrega y sacrificio hay una gran tensión y en consecuencia, un fruto precioso de exfoliación como resultado, porque el camino sin roces no es verdadero camino, sino un cómodo transitar. 

Y en este acto en el que la persona acepta y se reconoce instrumento de acción y no hacedora, despierta en ella la conciencia de que todo es una extensión de Sri Guru y su presencia se establece en la ofrenda hacia Él; en la atención al detalle, a la belleza externa e interna y a la profundidad. Esto lo lleva no solo a la búsqueda de la perfección equilibrada, sino que además es una inyección de shakti, energía, y un vínculo directo con el guru. Allí donde hay entrega, hay conexión, y el único secreto que encierra esta dialéctica es el amor.

  • Obedecer al guru y desaparecer
En este camino la condición de entrega se reitera desde diferentes perspectivas, entendida también como el sacrificio amoroso del propio ego por un objetivo superior más que satisfacer su propio gusto. Sucede que el guru directa o indirectamente, siempre trabajará en tu dificultad y posiblemente sus instrucciones estarán relacionadas con cumplir lo que más te cueste hacer. Lo hará sólo para purificarte y con el noble fin de volverte más fuerte y nutrir así la conciencia de determinación que te llevará con éxito a la cumbre del recorrido.

En esta fricción se producirá el verdadero trabajo y el certero desmantelamiento de las ataduras de la mente. Porque el guru quita del discípulo lo que le dificulta en el camino, aquello que lo ata a la constricción. En esto será responsabilidad de cada quien seguir su mandato, porque es tanto lo que el guru da, que lo mínimo y fundamental es seguir su instrucción para hacer viva su enseñanza. De esta manera el canal podrá limpiarse y el guru verdaderamente entrar. Y en este proceso, el verdadero aprendizaje emergerá cuando la persona se dé cuenta de que en realidad no ha hecho nada por sí misma y que todo lo ocurrido en sí, ha sido la shakti del guru trabajando a través suyo. La transformación será desconocerse como artífice para brotar en el verdadero ofrecimiento.

En esta renuncia el guru se convierte en una luz que ilumina fuerte cuando caemos en el impulso o la debilidad de sumergirnos en tamas, la pereza y opacidad. Cuando nos dejamos llevar por los estados de la mente que él no se cansa de decirnos que son transitorios y que no somos ellos, pero nosotros, tercos caminantes, una y otra vez caemos en su tentación. En estos momentos, el guru se transforma en un faro más luminoso aún para dar instrucción de acción no por palabra directa sino por sapiencia de vínculo; enseñanza que alumbra la correcta acción. En este peregrinaje interior, solo dicha devendrá de la entrega con la que, contrariamente al pensamiento fugaz, no se perderá absolutamente nada, más que ignorancia, oscuridad y entendimiento erróneo.

En este punto es importante recordar el no limitarlo a su forma física, sino comprenderlo y amarlo como el Principio Cósmico que en realidad es y al que su conciencia está unida por el conocimiento alcanzado con esta forma física como canal. Aunque nuestra madera seca y corazón incendiado sean solo para Swami Satyananda Saraswati, más allá de su particularidad, se trata del mismo hilo de todos los tiempos fluyendo y manifestándose a través de él.

Esta relación de corazón a corazón que se mantiene con guru se nutre a medida que su enseñanza da marco a nuestra vida. En tanto se viva con entrega y confianza su instrucción, el vínculo se irá haciendo cada vez más profundo, más dorado y la shakti tendrá un puente reluciente para fluir. Para esto es importante no tomar el camino con tibieza, sino entregarse y confiar, esforzarse por mantener el discernimiento tanto como sea posible para purificar la mente y conservarla despierta. El motivo es tan sencillo que apabulla: el mayor deber que tenemos como discípulos es mantenernos elevados para honrar la gracia del guru. Vivir en la armonía lo complace. Y si por el contrario, atravesáramos un periodo de fuerte desconexión, su compasión siempre nos acompañará desde el silencio y será vapor para cobijarnos cuando decidamos volver. Frente a semejante grandeza, ¿qué transitoriedad de la forma mental podría sobrevivir?

Swami Satyananda Saraswati enseña la excelencia y lo hace fundamentalmente desde el ejemplo y su permanentemente correcta, adecuada y coherente acción. Observarlo es fuente de una gran inspiración y admiración, pero especialmente, de regocijo en un amor intenso que trasciende todo sistema.

Esta cualidad de su transmisión no se refiere sólo a la plenitud de dedicación en el proceder, sino a la excelencia de sadhana, a la presencia en lo real, a la prestancia de la mente. Porque excelencia es búsqueda de profundidad y trabajo de purificación, pero en nuevas palabras, excelencia es otra perspectiva de la entrega. 

También trasluce plenamente en su proceder la visión de igualdad para con todas las criaturas. Sin exagerar puedo asegurar que hablaba y miraba con exacto amor tanto a la perrita del ashram como a las personas. Otro ejemplo son los darshans (visión de la divinidad) al final de la enseñanza, cuando los asistentes se inclinan a sus pies. Él mira y recibe a todos y todas con el mismo amor y alegría, sin importar el tiempo que dure la pasarela humana. Es realmente hermoso observar la cariñosa y delicada ecuanimidad del guru frente a la emoción de la gente en ese encuentro sagrado.

Además expone con su cotidiano la efectiva proactividad en el aprovechamiento del tiempo. En su accionar él permanentemente está generando, creando, produciendo, estudiando, perfeccionando, ideando, ofrendando su vida, sus acciones y la totalidad de su ser a su amado Muktananda. Es el ejemplo vivo de obedecer al guru y desaparecer. A esto se suman las enseñanzas regulares, los cursos, las charlas, los retiros, la publicación de libros, el funcionamiento del ashram, la organización de giras internacionales y su propia sadhana.

Por eso estar cerca del guru conecta agudamente con lo realmente importante y lo único que sobrevive con intensidad a la desintegración, es el latido inquebrantable de permanecer cerca suyo porque nada de lo conocido se parece en júbilo ni bendición. Es así que la convicción, la certeza y confianza en él se enraízan en el corazón de quien lo ama, mientras que el relativamente real drama del mundo baila disociado frente a la manifestación de la Verdad.

El estado de Satya Yuga (Satya: verdad, Yuga: era) que se vibra en esta conexión disipa la oscuridad de Kali -no la diosa-, aunque estemos en su era. Porque como dijo tan sabiamente Swamiji aquella vez: “Aunque estemos en Kali Yuga, para quien está en el camino siempre es Satya Yuga”. Sucede que Kali Yuga, la Edad Oscura o de Hierro, está inserta en la palabra, en la mente y la sexualidad; pero quien viva dharmicamente (acción correcta) el camino, en integración consigo mismo y el cosmos, sacralizando sus pasos bajo el mandato del guru, siempre estará conectado con la energía de Satya Yuga. Su totalidad vivirá comunicada con el discernimiento y la búsqueda de pureza, con el acto armónico y veraz que contiene a la no violencia. Este es el proceder perfecto y correcto que Satyananda enseña en el día a día de su acción.

  • Sana distancia y bendecida cercanía: La doble cara de la proximidad al guru
Él es sin dudas es el mejor amigo, el padre y madre que nos renace a la verdadera vida, la vida en la conciencia espiritual. Su cercanía conlleva una gran felicidad y su lejanía imanta el recuerdo constante y el anhelo permanente por transformar la realidad a un cotidiano más cercano. Pero esta proximidad tiene una doble cara.

La contigüidad del vínculo lleva a la generación de una inevitable amistad, situación que a su vez podría habilitar a que el discípulo se relaje y no esté atento a la enseñanza sutil del momento a momento, es decir, que su entendimiento se vuelva impermeable a una de las mayores propiedades de transformación. Esto también podría llevar a la mundanización de la visión del guru; dicho de otra manera, a la posibilidad de caer en el instante de la distracción y, enredado en el velo, verlo como una persona común olvidando que es el Ser reconocido a sí mismo.

De estos riesgos deriva la importancia de mantener la pureza del rito y nunca zambullirse en la relajación total, sino conservar el resguardo del sólido respeto, la nutrición de la sana distancia, la fidelidad al justo medio. Sacralizar cada momento implica también reconocer al guru en cada espacio y hacer vivo el reconocimiento y el recuerdo constante de que todo lo que existe es Él y de que cada acto sea en su ofrenda. 

Esta cercanía mantendrá viva la inspiración de observar, perpetuar y reafirmar los causantes de la explosión que le dieron vida permanente en el corazón, la vibración que llevó a reconocer en su acción y emanación, a la verdadera maestría.

  • Habitar el incendio
La casa del guru es el lugar más sagrado de la tierra. Habitar allí es el fuego de la gran transformación que implica comprender que todo lo que existe es el guru. Es presenciar la incineración del ego que con la garganta al rojo vivo se proclama como el único protagonista de una obra que ya es ceniza. Y en este viento, abandonar el vacío camino de la inercia por la contracorriente del abundante silencio, es el salto de continuidad inevitable. Convertirse en materia de alquimia, el desafío; integrar estos extremos sin debilitar la claridad de propósito, es el objetivo.

Frente a semejante deconstrucción solo una cosa es segura, que el guru jamás te soltará y que, aunque en apariencia te desvíes, su huella nunca podrá borrarse de tu recuerdo ni su semilla morir en tu corazón. Inevitablemente seguirá pulsando silenciosa bajo polvo de ignorancia. Imperceptible a la razón, te acompañará constante vida tras vida, hasta que decidas darle agua y sol, hasta que comprendas que una vez conocida la Verdad, es una necedad escaparse del camino. 

No hay bendición más pura en este nacimiento que la de conocer un amor trascendente que no se asemeja a ninguna de las formas vinculares que nos atraviesan. Ser testigos de la compasión absoluta y de la ofrenda al servicio de la elevación de las almas hastiadas de vagar y sufrir, es indudablemente la mayor inspiración.

Una confesión:

Pasé mi vida buscando respuestas sin conocer las preguntas, o formulando preguntas sin encontrar las respuestas. Desde siempre me acompañó la convicción de la trascendencia y nunca me sentí del todo parte de nada. Una sensación de carencia me acompañaba a donde fuera o hiciera lo que hiciera. La famosa herida del alma que a cada quien le late en algún aspecto profundo y escondido de su constitución, a mí me ardía en el sentido de la existencia, en la búsqueda de la Verdad, y se manifestaba en el sentir de que algo no estaba completo en mi corazón, aunque por fuera llovieran flores y estuviera ciertamente feliz. Culpaba a la mente de inestable y al corazón de inconformista por esa insoportable ambigüedad. ¿Cómo podía ser que ante la abundancia, el interior recóndito de mi intimidad no estuviera del todo satisfecho? Algo estaba mal en mí, una parte de mi mente había nacido fallada.

Y en este peregrinar, continuar buscando sin dimensionar lo que al fin encontraría, o mejor dicho, lo que por fin me encontraría. A través del Yoga empezó a cicatrizar ese agujero, hasta que el Principio Cósmico en su faceta más real tocó la puerta. Apareció vestido de naranja y con su rostro cubierto de barba larga y gris. De voz suave y mirada infinita, era la paz en carne. Portador de una energía arrolladora que exprimió los nudos de mis karmas y mis lágrimas, sin permitirme entender si brotaban de amor o por tristeza. Lo hizo en una brutal agitación ajena y distante al intelecto.

Movimiento, desorden y reconstrucción. Quebradura y renacer.

Hoy la búsqueda es clara y tiene nombre, solo porque mi mente limitada aún lo necesita. Aquella insatisfacción incansable descansa satisfecha, porque la expresión de la Verdad se reveló frente a sus ojos, desmembró sus conceptos y derritió su mente. Ya no encuentra palabras para describirla, solo un amor inmenso que la llena de vida y emoción.

Es mi anhelo que muchas personas se redescubran en este desarme que el guru incinera. Y siempre recordar que la manifestación de la trascendencia llega en infinitas formas. Bienaventurados quienes escuchen el mensaje y guiados en su voz corten las cadenas que los atan a la tierra, para danzar en ella al compás del orden cósmico que todo lo mueve; ritmo en el que somos hermosas y dichosas hojas que flotamos enlazadas al viento de una ilusión destinada por fin, a desaparecer.

Gloria al Guru.Con gran amor y respeto.Om Namah Shivaya

 ~ Atmajyoti ~
Juliana Dolores Biurrun.



lunes, 2 de julio de 2018

Un deseo

Una intención.
Un mensaje de fin,
un anhelo de principio.
- 31 de diciembre de 2017 - 


Hagamos el camino inverso, dejemos de llenarnos de ideas limitantes disfrazadas de presunta superación y que la cloaca se rebalse, que los conceptos se desarmen, que las trampas de nuestra mente se atrapen a ellas mismas y se vayan por el borde del recipiente. Vaciémosla de expectativas, de complejos, de rencores, de inseguridades, de enojos, de exceso de pasado, de exceso de futuro, de imaginaciones, suposiciones, de prejuicios y de ira, de envidia y de comparación. Llenémo
sla de sacralidad.

Elijamos la sana soledad a la compañía por miedo y aburrimiento. Por favor, reconciliate con vos, amate más, amate mucho, no le entregues tu vida a la inseguridad. Sanate y vinculate, no lo hagas desde el vacío. Nada bueno puede salir de ahí.


Elijamos y construyamos amistades y asociaciones sanas, que nos inspiren y estimulen transformación. Alegrémonos en compañía de los sabios y virtuosos, agradezcamos y honremos su presencia en nuestras vidas.


Cultivemos las buenas costumbres, alimentemos la no violencia, la veracidad, la aceptación y el respeto por todos. No prejuzguemos, no juzguemos, veamos más allá del error y soltemos. Confiemos en la sincronía y en que todo es perfecto como es. Aunque de momento no se vea, los ojos del cuerpo no alcanzan para ver la espalda.


Revaloricemos el silencio, no digamos nada si lo que tenemos para decir no suma. Trabajemos por ver el brillo que hay en todo, hasta en la sombra más espesa. Ya sabemos que todo es una cuestión de perspectiva y que la percepción del mundo depende del estado de la mente. Entonces, no seamos presa fácil para ella. Ejercitemos la inteligencia emocional y espiritual, si acaso podría validarse esta última conjunción.


Que el tiempo nos encuentre más sabios, livianos y agradecidos. Que nuestra mente se purifique y con ella se derrame el amor incondicional que penetra y sostiene la existencia. Para nosotros, soñadores del espíritu, esa es la única manera de cambiar el mundo.


Juliana Dolores Biurrun

miércoles, 13 de junio de 2018

Viajar hacia dentro


Es necesario que trascendamos el concepto de si las cosas están bien o están mal. Cortar con la emisión de juicios de valor y traspasarlos. Vivir, pensar y sentir la vida desde una perspectiva más sutil y empáticamente permeable. Tener la obsesión en el recuerdo permanente de que lo real ésta más allá de este dancing que conocemos, juego cósmico de candidez energética moviéndose.

El binomio del principio es incompleto (esa cualidad nunca llenará el tarro). Si la armonía individual es la libertad que da el amor propio, la armonía social podría pensarse en la apertura de aceptación a la infinita cantidad de variables que entrecruzan las situaciones. Descartamos de este postulado con innecesaria aclaración, a psicopatologías agresivas y todas las enfermedades mentales derivadas de ahí.

Con punto de partida en la convicción filosófica y espiritual de que todo lo concerniente a lo relativo, es una sucesión de reacciones derivadas de pensamientos, acciones y acarreos de vidas, es que nociones como lo correcto o incorrecto, lo bueno o lo malo, descubren las limitaciones de su rigidez al reconocer su identificación con la finitud siempre transformable. Conceptos constantemente adheridos a la perspectiva, cohesionados con el color de la personalización.

¿Cómo podría establecerse un valor fijo sobre el cambio permanente? Simplemente no se puede. Asegurar lo contrario sería un pase libre a la filiación constante y en consecuencia, a la expectativa seguida de sufrimiento porque, inevitablemente, a la expectativa siempre le seguirá el dolor. Tremenda ingenuidad sería pensar o creer que las personas actuarán como uno mismo lo haría. Los procederes no son encasillables, son meramente una concatenación de historias traducidas en acciones y reacciones subjetivadas en el estado mental al momento de quien las reciba.

Entonces, como alternativa y elevación, introduzcamos la espiritualidad en la vida cotidiana para que, con atracción fatal, se hagan inseparables. De esta fusión no habrá vuelta atrás ni cuesta abajo, solo un dichoso camino que desaparecerá al final del recorrido, reconocimiento que podría ocurrir en este mismo instante.

Pensemos en lo que nos hace bien como sociedad con punto de partida en las propias plantas de los pies. Y no desde una perspectiva egoica, sino desde la sincera convicción de que para “salvar el mundo”, tenemos que salvar primero al corazón y la mente de sus propias mugres.

Busquemos lo justo desde la observación externa y desidentificada que trascienda las formas del amor y el dolor. Desde el punto de fuga que oculto y a la vista, se camufla en ilusión finita y terminable, inconsciencia que suelta al caminante en el bosque y lo deja girando alrededor del mismo pino y en igual dirección.

Este juego, ¿para qué? Para aprender de una vez por todas a ver la esencia impregnada en el contorno, integración de historia y dementes mentes divagantes, que se trenzan en periodos y espacios que desaparecen el presente; instante que queda oculto en la ventisca del movimiento por debajo imperturbable y siempre fijo, siendo eje y silencio de sonido en random, que eterno late, aunque por fuera sean bombas las que suenen en el cielo.




Juliana Biurrun

(10 de marzo de 2018)

Solo el amor salvará al mundo


Basta de tanto odio, tanta muerte, tanto dolor. Abrís las redes sociales y son una batahola de falta de sentido común, de focos puestos fuera de eje, de victimización a las víctimas, de argumentos que apelan a la libertad desde el juicio. ¿Libertad? Libertad relativa, como si acaso fuéramos un poco realmente libres en este plano terrenal. Quizás la idea de pensarlo reconforte por el supuesto, pero la verdadera libertad está allá donde termina la mente, el ego y la maldad del ser humano, la paradójica criatura más aberrante que pisa la tierra en obscena contradicción. Los debates presocráticos sobre la bondad o maldad como naturaleza innata de las personas se disuelven obsoletos en la injusticia cotidiana.

Creo fervientemente en la Ley del Karma, en la reacción efecto boomerang de nuestras acciones y la longitud de onda de nuestros pensamientos, las pequeñeces que ignoramos porque en la vida fácil están fuera del radar de la autoindagación. Creo que toda maldad se paga, si no es en esta vida será en la siguiente, o en alguna próxima, pero de lo que no hay dudas, es que esa flecha lanzada en algún momento impactará.

Hay maldad y amor extremo en el ser humano. Las polaridades son la naturaleza material de este plano relativo. No entendemos las aberraciones y a pesar del tiempo invertido en la búsqueda de la transición de la forma, al momento de estas palabras, la realidad relativa es la que predomina; la esencia no es todavía reconocida en totalidad, pero hacia allá vamos, es el objetivo de la vida. No hay anhelo más fuerte, más profundo ni más alto que este.

Pero en este mientras tanto, en tanto continúe indignándonos hasta los huesos la maldad, perturbando nuestra mente al punto de no dejarnos dormir y angustiándonos en silencio tras la cortina, en este aquí y ahora, esforcémonos por ser más conscientes todo el tiempo. No permanezcamos dormidos, no creamos en todo lo que nos dicen. Cuestionemos el afuera y nuestro adentro, démosle rienda suelta a la contradicción que bulle porque desde el conflicto se desempolva la mesa. Seamos como el aire que invisible todo lo envuelve y seamos capaces de observar y comprender por fuera de las partes. Seamos el visor externo que nos permita descular las micro peculiaridades que hacen a cada situación indefinible en el extremo.

Entendamos que la tibieza no sirve para nada en la vida. Que la maldad debe ser repudiada sin concesiones, y el amor celebrado, por favor, celebremos el amor sin restricciones. El amor a nosotros mismos, el amor a poder decidir, el amor a no juzgar a quien piense o elija diferente. Que la vida entera sea un acto de amor. Comprendamos que respetar la ilusoria libertad de elección es un acto de amor. No seamos necios, no seamos loros. No seamos más ignorantes de lo que ya somos como especie. Si la evolución del alma sucede vida a vida, que el objetivo de nuestra vida sea la construcción más diáfana de nuestro ser; que la luz pase por nuestros poros y que la oscuridad de la ignorancia se deshaga en cada haz.

Un solo fósforo encendido alcanza para correr la sombra de la habitación.


Juliana Biurrun
20 de febrero de 2018

Desnudez


Cuando los tronquitos van por el río, a veces van juntos, a veces separados…

Animarse a sentir amor, no tener vergüenza de decirlo. ¿Cuántas personas pueden acusar pureza estricta en este campo? No me sorprende, son los daños letales y colaterales del conocimiento erróneo (y los llevamos todos). Resultantes del impuesto y persuadido a ser vivido, inyectado silencioso. Desapercibida incitación, distraída observación.

Erróneo como una cadena atada a lo tímido, al corazón contraído de vergüenza. Al complejo de no ser querido, o peor, la vergüenza de que te vean mirar, de que vean tu corazón quizás, que te vean el rojo desnudo.

Tergiversación de la desnudez y acarreo de su vergüenza. Inculcada insanidad.

Si el amor es desnudez, la vergüenza es desamor con uno mismo; restricción que debe su vida al conocimiento erróneo como la vergüenza. ¿Sería pecado entonces? Si, lo sería. Contra toda mala herencia cristiana, el término solo significa errar al blanco y no es sinónimo de tal inexistente infierno.

Camino a la elevada ecuanimidad, entonces, necesitaríamos resignificar la cuestión del decir, el hacer y sentir amor, básicamente de vivirlo. Transformar la idea romántica que la vida impregnó y que por alteración de vericuetos óseo mentales produce resquemores inconscientes, miedos autoinfundados, legado que viene de herencia y sin cuestionamiento primario o primordial.

Movimiento y desarmar, como bailando.

Toda la estructura se derriba paulatina, en sana rebelión, escupiendo los ladrillos huecos al suelo. Poco a poco se depura, transitando, dejando reventar sus granos. Clama entonces propiciar la selección natural del crecimiento zanahoria, el que crece para adentro y hacia el centro; el que hace que al de afuera, al conocimiento celofán, no le quede otra que explotar.

Ser volcán y ceniza, lluvia y evaporación.

Ser la esencia que trasciende la forma.

Y ser sin convenciones ni complejos, sin medios ni miedos, sin ladrillos ni separatividad, sin siquiera subjetividad.

Trascender la constricción de la construcción. Y así lograr que ames a todo y a todos, literalmente. A los animales, las plantas, a las piedras y el río. A quien no soportás, a quien la piel te irrita, a quien prejuzgás porque sí, porque estás acostumbrado, porque te resulta más fácil. A vos mismo cuando te menosprecies por ser un idiota.

Amar a todo porque te reconocés en ese todo y lo reconocés parte de vos. Amarlo sin restricción y honralo sin vergüenza.

Observá tus pensamientos, cuestioná tus acciones; no te quedes en la desarmonía mucho tiempo. No te guardes enojos, ni propios ni ajenos. Preguntate por qué hacés lo que hacés y por qué comés lo que comés en todas las acepciones de la palabra. Por qué pensás como lo hacés. Y por qué te definís estúpidamente con tanta tierra que te opaca el brillo.

Si sos el Todo y sos la dicha. Sos la armonía y eternidad. Sos la verdad y la belleza, el elixir de la existencia. Sos el conocimiento absoluto, el principio sin fin. La sustancia y trascendencia, la esencia de la ciencia.

Sos la imposible definición y el inútil intento.

Silenciate y nacé de nuevo, nacé otra vez en esta vida. Renacé la última, de una vida por todas al fin.

10 de febrero de 2018

Juliana Biurrun

sábado, 27 de enero de 2018

A tu mente

Es que ya ves, esto es una ilusión, un corte arbitrario para ordenar el tiempo. ¿Ordenar el tiempo? ¿Acaso se puede definir el inicio de un círculo? ¿Y su segmento final?

Una confesión: Nunca me llevé bien con el tiempo. Me resultó más fácil alejarme de las intimidades con el alcohol que del uso desordenado del tiempo. Los límites siempre fueron cuestión de rebeldía para la mayoría, y para mí también. Sucede que las imposiciones y el deber ser, producen una contracción tan poderosamente constrictiva en mi mente, que en defensa personal se eyecta hacia el adentro más enmarañado, hacia mi propia deformación. Fin de la confesión.

Superar estas cuestiones es un proceso de rebalse en el que las incongruencias de años  -materializadas en hábitos de años-, se limpian desde adentro, poco a poco y en trabajo de hormiga. Grano de arroz a grano de arroz.  

Y en esto entra el tiempo y su “desordenado uso”. Aunque el considerarlo desordenado no sea más que un intento de respuesta a patrones sociales y de convivencia que insisten en que las cosas deben ser de determinada manera, y no porque las maneras de vivirlo en lo profundo estén mal. Ya sabemos que en el fondo de la olla la sopa siempre está quemada. Entonces, ¿de qué nos ocupamos realmente, si en realidad nada de esto que involucra a nuestra mente y sus disfunciones tiene arreglo? 

La mente medida con la mente siempre estará atada a la mente y por lo tanto a su limitación. Es lo que se dice, “una avería de base”. Será quizás una solución o un intento de arreglo, trascender la olla quemada y aceptarla como tal, también amarla, honrarla, buscar su evolución no desde la perfección, sino desde la purificación. Nadie dijo que por estar quemada la olla también estaría sucia.

Hagamos el camino inverso, dejemos de llenarnos de ideas limitantes disfrazadas de presunta superación y que la cloaca se rebalse, que los conceptos se desarmen y las trampas de la mente se atrapen a ellas mismas, se vayan por el  borde del recipiente. Vaciémosla de expectativas y complejos, de rencores e inseguridades, de enojos, de exceso de pasado y de futuro, de imaginaciones, suposiciones, de prejuicios y de ira, de envidia y comparación. Llenémosla de sacralidad.

Elijamos la sana soledad a la compañía por miedo. Por favor, reconcíliate con vos, amate más, amate mucho, no le entregues tu vida a la inseguridad. Sanate y después vinculate, no lo hagas desde el vacío. Nada bueno puede salir de ahí.

Elijamos compañías sanas, que nos inspiren y estimulen transformación. Alegrémonos en compañía de los sabios y virtuosos, agradezcamos su presencia en nuestras vidas. Cultivemos las buenas costumbres, alimentemos la no violencia, la veracidad, la aceptación y el respeto por todos. No prejuzguemos, no juzguemos, veamos más allá del error y soltemos. Confiemos en la sincronía  y en que todo es perfecto como es. Aunque de momento no se vea, los ojos del cuerpo no alcanzan para mirar por la espalda. 

Revaloricemos el silencio, no digamos nada si lo que tenemos para decir no suma. Trabajemos por ver el brillo que hay en todo, hasta en la sombra más espesa. Ya sabemos que todo es una cuestión de perspectiva y que la percepción del mundo depende del estado de la mente. Entonces, no seamos su alimento débil. Ejercitemos la inteligencia emocional y espiritual, si acaso podría validarse esta última conjunción. 

Que el tiempo nos encuentre más sabios, livianos y agradecidos. Que nuestra mente se purifique y con ella se derrame el amor incondicional que penetra la existencia. Para nosotros, soñadores del espíritu, esa es la única manera de cambiar el mundo.


Juliana Dolores Biurrun